Mis muy queridos, a partir de hoy, y quién sabe hasta cuando, nos mudamos a una casa medianamente propia.
Todos los posteos anteriores están pasados a la nueva morada.
La nueva casa, en la que estaremos hasta que algo suceda, queda en proyectoquilt.com.ar
lunes, 28 de julio de 2014
sábado, 26 de abril de 2014
Los crisantemos coreanos
Me levanté temprano hoy, demasiado temprano entre la tos de Isabella y mi histórica imposibilidad de dormir más de un par de horas como la gente normal.
Leí los diarios y recomendé notas. Isabella se volvió a despertar y la volví a a dormir.
Me preparé unos mates. Transcribí el poema que tanto me había gustado ayer cuando lo leí, y no sabía qué hacer. Se me ocurrió ponerlo acá, que es donde están algunas de las cosas que más quiero. Disfrútenlo tranquilos, en silencio y en calma, creo que no hay mucho más.
Leí los diarios y recomendé notas. Isabella se volvió a despertar y la volví a a dormir.
Me preparé unos mates. Transcribí el poema que tanto me había gustado ayer cuando lo leí, y no sabía qué hacer. Se me ocurrió ponerlo acá, que es donde están algunas de las cosas que más quiero. Disfrútenlo tranquilos, en silencio y en calma, creo que no hay mucho más.
Los
crisantemos coreanos
acá en este jardín
son enormes y como margaritas
(¿por qué no? ¿no es el margaritón un
crisantemo?),
arbustivos y de tallo grueso,
las hojas hacia arriba
apuntan al pedúnculo del que
surgen las flores en
forma de sol. Me encanta
este jardín en todos sus humores,
aun bajo su capa invernal
de yerba de sal, o ahora,
en octubre, cuando no queda
más que la mitad: aquí
una rosa, allí una mata
de acónitos. Esta mañana
uno de los perros mató
una lechuza. Bob vio
cuando pasó, trató de intervenir. El airedale
le partió el cuello y la dejo
ahí tirada. Ahora el ave
está enterrada junto a un
manzano. Ayer vimos desde la mesa
al búho, inmenso en el crepúsculo,
volando en círculos por encima del campo
con silenciosas alas de búho.
el primero que se haya
visto por aquí: ahora ya no está,
no es más que un sueño recordado.
Los perros ladran. En el estudio suena música
y Bob y Darragh pintan.
Yo garabateo en una
libretita en una mesa del jardín,
con una camisa demasiado gruesa
para el sol de mediados de octubre
hacia el que miran todos los
crisantemos coreanos. Tengo
al lado un libro soso,
un corazón de manzana, cigarrillos,
un cenicero. Detrás de mí florece
la ruda que le regalé a Bob.
Luz sobre las hojas,
tanto para ver, y
lo único que veo en realidad es ese
búho, su volumen perturbando
el crepúsculo. Pronto
voy a olvidarlo: ¿qué hay que no haya olvidado?
O que algún día no vaya a olvidar:
este jardín, la brisa
en calma, incluso
las palabras, crisantemos coreanos.
James
Schuyler
Una ciudad blanca, ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2012
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poesía,
Schuyler
martes, 22 de abril de 2014
Dos relatos, una sola mirada a la memoria
![]() |
| Hombrecito con hacha y otras situaciones breves - Liliana Porter - (Detalle) Este artículo se publicó originalmente en el Suplemento Enfoques del diario La Nación el 20 de abril de 2014 |
La idea de la memoria, asociada con la verdad,
la justicia y los derechos humanos, se ha convertido en un aspecto relevante
desde el punto de vista político, sin distinguir entre partidos, organizaciones
y formadores de opinión.
La memoria, convertida en un hecho moral, se ha
instalado en el discurso político argentino y ha reclamado visibilidad
argumentativa y actitudes hipotéticamente coherentes. El memorismo, casi una moda intelectual, lo ha simplificado todo
y terminó reduciendo un tema complejo a un conjunto de consignas más o menos
vacías. El resultado de esa simplificación es que la memoria de la que habla la
política argentina es la memoria colectiva.
Para devolverle densidad al tema, la primera
operación intelectual que es necesario hacer es la de separar la memoria
personal de la memoria colectiva. La primera de ellas es inevitable y la
segunda es imposible.
La memoria individual es ineludible y creativa.
Nadie puede optar por no recordar y, por lo general, de un mismo momento se
tienen en cada visión particular, versiones distintas. Existe una brumosa sensación
acerca de un episodio y luego la imaginación completa el cuadro entremezclando
certezas y fantasías de modo azaroso y sin buscar más que una verosimilitud
precaria y, fundamentalmente, útil para el momento de la conversación. La
memoria individual está hecha de experiencias y, por lo tanto, es
intransferible. Se puede ejercer la empatía, pero no se puede vivir lo mismo
que otra persona.
Da igual que se trate de una escena feliz o de un momento
dramático, no podemos transferir la experiencia y es por eso que la memoria
personal es un proceso de individuación potente en la construcción de la subjetividad.
Por los mismos motivos, pero entendidos de modo
inverso, la memoria colectiva es imposible, ontológicamente, por carecer de
sujeto portador. No es posible armar con
la suma de memorias individuales un esquema colectivo. Siempre, irremediablemente,
se estará bajo la construcción de un grupo que politiza la memoria para convertirla en un
ejercicio de poder. Sin importar quién lo lleve adelante, este proceso se trata
de un intento por controlar políticamente lo que es deseable pensar sobre la
historia y sobre el pasado, pero también sobre el presente y el futuro.
El historiador alemán Reinhard Koselleck llamó
a esto la administración del recuerdo. Un grupo, obstinándose en llevar
adelante lo que es imposible, determina el modo de mirar los hechos del pasado
e impone al resto de la sociedad sus cánones éticos, sus principios políticos y
sus estándares enunciativos. De asumir esa opción, el agente administrador se compromete con un esquema
paternalista, autoritario y escasamente democrático. En los pocos casos en los
que este actor comprometido con una versión totalizante de la interpretación
histórica no existe, las metáforas de creación se imponen a las de venganza y
justicia.
Se ha escrito mucho sobre el uso político de la
memoria por parte del kirchnerismo y sobre el abuso narrativo que supone esa fugitiva
entelequia llamada vulgarmente el relato.
Menos se ha escrito sobre las tentaciones que aparecen ahora que el gobierno parece
tocar la retirada, para hacer lo mismo pero en una dirección aparentemente
distinta. Bajo la forma de arrepentimientos, declaraciones y manifiestos está
comenzando a gestarse, de modo incipiente pero con potencia simbólica, una
suerte de necesidad de contar la otra
historia, la que se opone al relato oficial populista, la que cuenta la verdadera naturaleza de lo que sucedió. Ambos
grupos, los defensores del relato y sus contestadores, omiten una dificultad
filosófica e histórica. Vincular la verdad con el desarrollo de hechos
concretos de la historia no es deseable por sus consecuencias políticas, pero
además, no es posible.
Tanto la verdad como la memoria son cosas vivas y las
interpretaciones de los sujetos y de los grupos cambian con el tiempo y se
relacionan con los intereses, lo que convierte a las narrativas de la historia en
un escrito cambiante y plural.
Jugar con las mismas
reglas
No aceptar esta condición de la memoria y
querer presentar públicamente una versión verdadera
frente a una falsa termina en una
paradoja en la que todos se parecen más de lo que están dispuestos a admitir. La
pretensión de verdad es análoga en un caso y otro y la falta de consideración
sobre el resto de la sociedad es igual en los continuadores del relato y en sus
contestadores. En lugar de poner la atención en la innecesaria sobrevida de una
memoria colectiva, los opositores al populismo juegan el juego con las mismas
reglas e idénticos objetivos. Es difícil encontrarle algún rédito a suplantar a
una versión por otra para terminar atrapado en la misma telaraña de
legitimaciones políticas.
En sociedades donde se han vivido situaciones
de violencia política, la búsqueda moralista de una verdad ordenadora aparece
bajo la forma de un exorcismo que es capaz de alejar las consecuencias de la
maldad. Pero esta reducción ofrece más sombras que luces. En el sentido de la
moralidad, sólo se puede tener razón. Nadie discutiría que matar, torturar y
robar son cosas malas y reprobables, pero eso no nos hace avanzar ni un solo
centímetro. Retomando a Koselleck, el juicio moral siempre tiene razón, pero es
políticamente inútil.
Muy posiblemente las escasas diferencias y la
falta de matices que se advierten en la Argentina en el tratamiento de este
tema encuentren su explicación en dos marcas indelebles en la matriz política
argentina: su inclinación al colectivismo y su antiliberalismo. Por desolador
que resulte, hay que decir que el tema de la memoria y sus sucedáneos es
tratado de un modo muy poco diferenciado entre los políticos profesionales y el
mundo de las ideas. Hay excepciones personales, pero no alcanzan para torcer la
tendencia simplificadora.
La memoria colectiva funda a la nostalgia como
categoría política y nos ancla en el pasado. Una manera de abrir paso a
metáforas creativas es tomar el camino liberal y dejar a cada uno de nosotros
trabajar individualmente sobre nuestra experiencia con el pasado. Ampliar la
conversación democrática y desplegar mundos de vida imaginativos puede comenzar
por la deliberada renuncia a repolitizar la memoria para no restarle
posibilidades al futuro.
lunes, 6 de enero de 2014
Los usos populistas del marxismo
Este artículo fue publicado originalmente en el Suplemento Enfoques del diario La Nación
el día 5 de Enero de 2014
el día 5 de Enero de 2014
En muy pocos
lugares del mundo el marxismo tiene una presencia cotidiana, más allá de las
arqueologías académicas. Incluso en esos ámbitos, independientemente de ser
revisitado con alguna frecuencia, el pensamiento de Marx tiene una relevancia
menor frente a otras formas de mirar lo social y lo político. Curiosamente,
entre nosotros no es así. En los últimos tiempos, dos casos resonantes han
puesto al pensamiento del filósofo de Tréveris en la consideración pública, en
la prensa y en la pluma de los intelectuales.
Tanto el
ministro de economía Axel Kicillof como el mismísimo Papa Francisco han
desarrollado curiosas interpretaciones con eje en el marxismo. Uno y otro
negaron de un modo sinuoso ser marxistas pero al mismo tiempo reconocieron
cierto gusto en ser vistos por el ojo ajeno como miembros de ese club. El
ministro de economía insiste en que su postura frente a su profesión tiene que
ver más con las ideas Keynesianas, pero de todas formas, la calificación de
marxista a la obstinadamente se ve enfrentado, no lo incomoda. El Papa fue
crítico con las ideas marxistas, incluso llegó a decir que estaban equivocadas,
sin embargo, dijo conocer a marxistas que resultaron ser muy buena gente y que
por esa razón no se vería ofendido si alguien viera en él un marxista.
Cuando se alude
al marxismo en estos casos, ¿Se está pensando en el corpus de ideas del
materialismo histórico y en las experiencias políticas del socialismo real? ¿O
se está hablando de algo diferente?
Identidad virtuosa
A primera vista,
pareciera que toda aproximación política que se imagina de izquierda o que se
piensa a sí misma como portadora de valores populares, se cree, de algún modo,
marxista. Esta hipótesis de identidad virtuosa se construye sobre cuatro
pilares: un rechazo entusiasta a las ideas liberales, una fuerte vocación
estatalista y antimercado, un riguroso espíritu crítico frente a todo lo que
provenga de los Estados Unidos y un discurso cargado de menciones hacia el
pueblo. Estos rasgos, presentes también en opciones como el nazismo y el
fascismo, dibujan el perfil de un izquierdismo bastante torpe -con el que
incluso el propio Marx marcaría diferencias- pero sencillo de instrumentar con
economía de gestos y un lenguaje acotado.
La versión del
marxismo de aeropuerto a la que se alude en estos casos, opera como una suerte
de sustitución teórica de ideales. Curiosamente, los ideales cientifistas,
racionalistas y positivistas de la literatura marxiana quedan reducidos a unos
pocos tópicos identificables con los del populismo. Las referencias a este marxismo invertebrado que hacen Kicillof y el
Papa Francisco son, en realidad, la continuación del populismo por otros
medios. Es hacer realidad el sueño de
cualquier argentino que cree hacer política por izquierda. Mezclar a
Perón con Marx, y si se puede sazonar con alguna pizca freudiana, después de
todo, ha sido una de las constantes de la política y la academia argentina
desde hace más de 50 años. Los resultados, medidos en términos democráticos,
son desalentadores.
Corrección política
Las posiciones
de izquierda tienen, entre nuestros profesionales de la política, un
revestimiento de corrección desproporcionado frente a lo que sucede en la
realidad. La pregunta que se impone en este caso es muy clara: ¿Cómo es posible
que, en un país donde casi todas las opciones políticas se definen como de
izquierda, haya cada vez mayor desigualdad? Esto admite una respuesta doble: O
bien los políticos no son todo lo de izquierda que dicen ser o bien la
izquierda no es portadora de las virtudes que románticamente anuncia. Para
cerrar el círculo ideológico del sistema político argentino, la derecha prácticamente
no existe, al menos enunciativamente, y ningún político se reivindica desde
este lugar ideológico, en algún punto cargado de vergüenza. Todo esto en un
país conservador, provinciano, cerrado sobre sí mismo y con fuertes prácticas
feudales y clientelares.
El resultado de la
alquimias política de mezclar marxismo y populismo se mide en términos de
atraso. Al atraso que supone el populismo se le adiciona el retroceso de una
mirada ostensiblemente marcada por el fracaso como es la del marxismo. Las
sociedades a las que les ha ido mejor en las últimas décadas no tomaron ninguno
de estos caminos. Ni minimizaron el papel de la democracia como experiencia ni
resumieron los criterios de igualdad y libertad al dogmatismo de un credo
izquierdista. Por el contrario, se reconciliaron con la dimensión liberal de la
democracia y desde allí asumieron compromisos reales de mejoras sociales,
avances culturales e inclusión política. Ninguna de las sociedades que miramos
con atención se funda en el desprecio al mercado y en un estatismo ciego.
Tampoco generan sociedades en donde la beligerancia sustituye al diálogo y
empequeñece el debate.
Cuando Kicillof,
Bergoglio y la izquierda cultural argentina se visten de este marxismo liviano
asumen, inadvertidamente, las condiciones estructurales del fracaso de la
democracia argentina y obstaculizan una mirada esperanzada y creativa. Los
ideales invocados no se alcanzan por los caminos elegidos. Ni la igualdad ni la
libertad llegaron, históricamente, de la
mano del marxismo o del populismo, mal podrían llegar del maridaje planteado
antojadizamente en nuestro país.
El equívoco más
fuerte en términos teóricos es suponer que la búsqueda de la igualdad y la
libertad están resumidas y recluídas en las ideas y las prácticas del marxismo
o en las del populismo. Las distintas realidades políticas se obstinan en
señalar ese error mostrando que las formas teóricas que intentan mejorar la
vida de las personas no se encuentran acotadas por las fronteras axiomáticas y
actitudinales de estas tradiciones.
No es mala idea preguntarle a cualquier
ciudadano de Europa del Este, a las damas de blanco en Cuba o al gran artista
Ai Wei Wei en China, si el marxismo es sinónimo de justicia, igualdad y
libertad.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Un balance político a 30 años del retorno a la democracia en la Argentina
Este jueves 5 de diciembre se presentó el libro que la Fundación Konrad Adenauer de Alemania y CADAL idearon para colaborar en pensar estos 30 años de democracia.
La presentación, en la mediateca de la Alianza Francesa de Buenos Aires fue realmente hermosa. Los panelistas y autores, Marcos Novaro, Luis Alberto Romero, Saniel Sabsay, Carlos Fara, Graciela fernandez Meijide, Fernando Ruiz y yo, fuimos preguntados por el prologuista del libro Vicente Palermo sobre aspectos importantes de nuestros trabajos. Si algo salió de interesante es que ninguno de descompremetió dando una respuesta preseteada, lo que abrió también, espacio para el debate. Estoy muy contento por haber participado en este libro, y le agradezco a Gabriel Salvia, director ejecutivo de Cadal la convocatoria.
Para los que les interese leer el libro, lo pueden hacer desde este link:
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domingo, 1 de diciembre de 2013
Charla del 29.11 con Franco Rinaldi
Acá les dejo la charla del viernes último con Franco Rinaldi, por la radio de la UBA. Para mi, es una de las mejores
jueves, 28 de noviembre de 2013
El nuevo espejismo
Esta nota salió publicada originalmente en la edición de Bastión Digital del 26 de noviembre de 2013
La primera vez
que fui a Chaco fue en un auto oficial y con chofer. No es la mejor manera de relacionarse
con las cosas, pero tampoco la peor. Lo primero que vi, apenas dejé atrás el
puente que te trae desde Corrientes, fue un grupo de chiquitos aborígenes, casi
desnudos, frente al calor insoportable del mediodía de Resistencia. Vendían
unos arquitos y unas flechas, trabajados a la tradición toba, creo, a quien
quisiera comprarlos. No tenían más de seis o siete años, y la escena, lejos del
pintoresquismo o el respeto a una tradición cultural, fue la puerta de entrada
a la situación social endémica de Chaco. Pobreza extrema, abuso estatal y
supervivencia despiadada y cruel.
Esta semana
volvió la presidente y realizó algunos cambios de personajes y de casilleros.
El premio mayor se lo sacó el gobernador de Chaco, Jorge Milton Capitanich. En
el acto de asunción de los nuevos funcionarios volvió la profundización del
modelo, las gestualidades patéticas que simulan la comunicación entre el líder
y el pueblo y los canticos liberacionistas.
Para los que
quieran saber quién es Capitanich, la información abunda. Gobernante rico en
una sociedad arrinconada contra la pobreza, liquidador del banco de Formosa,
promotor de sueños compartidos, casado con Sandra Mendoza, creador del bogarcha
y el boconcha, viajero compulsivo y un acomodaticio sin límite que puede ser
funcionario de cualquiera.
Lo que no deja
de sorprenderme es la reacción de una parte, demasiado grande, de la clase
política profesional argentina frente a este nombramiento. Dejo expresa aquí la
salvedad hacia quienes no lo hicieron, pero fueron tantos los que vieron en el
arribo del gobernador de Chaco una señal positiva, que no es fácil dejarlo
pasar.
Entiendo el
cuidado institucional que es necesario para construir una sociedad política.
Sin embargo, eso no debiera imposibilitar a los dirigentes de un mínimo acceso
crítico y del reconocimiento acerca del tipo de gobierno que tienen enfrente.
Escuchar que con estos cambios podría comenzar una etapa nueva, de diálogo y
sin coacciones resulta ofensivo. Los llamados a la racionalidad presidencial
tras la intervención, como si le hubiera transplantado una sensibilidad
democrática que no tenía, son muestras de incompetencia política. Es el drama de
una oposición que no logra, aún ganando elecciones, poner una agenda propia,
hablar un idioma distinto y pensar un país diferente. Cómo no puede hacer eso,
lo espera, cándidamente, del oficialismo.
Un paso más allá
del optimismo zonzo, la escala de asombro encuentra un nuevo peldaño.
Importantes dirigentes de la oposición, incluso algunos imaginables como
presidenciales, rescataron en Capitanich la dimensión de la gestión. Último de
los fetiches, definitivamente un refugio para la falta de conceptualización, la
reivindicación de la gestión suple cualquier opinión o cualquier argumento. En
este caso, la gestión que se pondera no es la de Medellín, es la de Chaco. En esa
provincia, donde gestionó el nuevo jefe de gabinete, más de la mitad de su
población está bajo la línea de pobreza y algo más de un cuarto ni puede pensar
en cómo subsistir. Los medios son casi todos oficialistas y los periodistas que
se animan a decir algo del gobernador, por mínimo que fuere, reciben una carta
documento para rectificarse. ¿Cuál es la explicación para que se reivindique
una gestión así? Un motivo
puede ser la falta de talento político para plantear los problemas, otro, el
exceso de celo frente a las pocas expectativas que la ciudadanía puede poner en
ciertos cambios. En definitiva, pobreza intelectual y miedo.
Una declaración
me llamo más la atención que el resto. El líder de los socialistas, Hermes
Binner, dijo: “Capitanich sí sabe.” Detengámonos un minuto en esta frase.
Capitanich sí sabe. En primer lugar, deja entrever que hay otro que no sabe.
Podemos presumir que es el anterior jefe de gabinete. Es cierto que con
levantarse temprano y cepillarse los dientes, Capitanich ya hará más cosas que
Abal Medina en ese cargo. Pero de allí a mentar sabidurías hay un largo trecho.
Otra hipótesis,
que considero más truculenta al tiempo que más cierta, es que el “Capitanich sí
sabe” de Binner se trata de un código. De una referencia simbólica corporativa.
Capitanich es uno de nosotros, dice Binner, y por eso sabe. Gobierna, horrible,
pero gobierna y eso lo hace un compañero. Tiene los mismos problemas, sufre por
las mismas demandas y vive dentro de un universo que, con algunas distancias,
es común.
Esto no quiere
decir que Binner no sea un opositor a Capitanich. Incluso nada dice sobre si es
mejor como administrador o como político, pero lo que revela es una
autoreferencialidad de la política que indica una lejanía con los que no forman
parte de la cofradía que no puede menos que inquietar.
Una política
nueva tiene que romper con esa lejanía sin comprar acríticamente el sonsonete
de la proximidad. La democracia liberal necesita de la representación y esta es
ficcional e imperfecta, pero mucho menos que la ficción del pueblo o de la
voluntad general.
Hace tiempo,
desde estas y otras páginas, sostengo que lo mejor que pueden hacer aquellos
que insisten en ser nuestros representantes es contarnos qué tipo de sociedad
quieren. No parece que estemos cerca de eso, pero podemos ir sacando conclusiones
mirando qué dijo cada uno y cómo se posicionó frente a los cambios en el
gabinete. Habrá que ir anotando los nombres de los que, lúcidamente, se
mostraron escépticos. Así, podremos saber cuánto nos está
acompañando cada uno frente a un gobierno que nos maltrata sistemáticamente,
nos miente en la cara y se ríe de nosotros.
lunes, 18 de noviembre de 2013
lunes, 11 de noviembre de 2013
sábado, 9 de noviembre de 2013
Argentina, entre el ñandú y el pecarí
Este artículo fue originalmente publicado por Bastión Digital el 25 de octubre de 2013
Mis problemas con la verosimilitud vienen de lejos. No creo que
sea la materia de la política ni que su búsqueda garantice nada. No creo que
haya nada por descubrir ni por develar. No creo que nadie, ni una sola persona,
utilice la verosimilitud para tomar una decisión importante, menos en política.
Si algo así existiera, el peronismo hubiera desaparecido hace rato.
Hablábamos de estas cosas cuando el siempre sensible Gustavo Magda
(@gpmagda) me recordó, más bien me avisó, de la existencia de una película: un
documental apócrifo, que Carlos Sorín filmó en 1986, La Era del Ñandú. En la película, un científico extravagante y
misterioso, tal vez inexistente, produce una droga, a base de un derivado de la
hipófisis del ñandú, que detiene el envejecimiento. Decide llamarla BIO K2. Gracias
al ñandú, bicho nacional, las predicciones acerca del futuro no pueden ser
mejores. La opinión pública, los artistas, los sociólogos y otros brujos se
hacen cargo de consolidar las apetencias de gloria nacional. Nadie sabía bien
de qué se trataba la BIO K2, sin embargo, todos tenían algo para decir. Para
algunos era una baile exótico del este europeo, para otros una disciplina oriental
y hasta había quien pensaba en partículas invisibles. Como marca la tradición,
un argentino nunca dice, sencillamente, no sé. Desde afuera, como no toleraban
ni nuestro talento ni nuestro éxito vinieron a molestarnos y a quitarnos el
ñandú. Hubo disturbios callejeros, mercado negro y manifestaciones místicas hacia
el laboratorio salvador. No falta la comisión pro Nobel al glorioso e ignoto
descubridor. Pero todo era falso, claro.
No puedo quitarme algo de la cabeza. El Kirchnerismo encaja
perfectamente en la idea de ese documental. El Dr. Kurtz –nótese lo
involuntario del uso de la letra K- es tan falso como el kirchnerismo, y su
droga, la BIO K2, resultó tan perjudicial como la retórica y la gramática
populista.
Ya lo dijimos todo sobre el kirchnerismo. De hecho, estoy seguro
que dijimos más de lo necesario, que adornamos lo que se explica perfectamente
por el pillaje y el oportunismo con palabras impostadas y explicaciones
sesudas. El kirchnerismo es, en términos de ideas, la nada misma. La gran
eficacia del populismo – tal vez sea la del peronismo en general – reside,
entre otro largo listado de cosas, en lograr interpretar mejor que nadie el
sustrato autoritario que vive en buena parte de la sociedad argentina. El
kirchnerismo no es un estado de excepción, ni un malentendido ni una trampa
histórica. Es más bien el hecho maldito de nuestra escasez de virtudes cívicas,
mezclado con una pizca de esa reverencia innegable que suele ganarse cualquier
ocasión donde el éxito va de la mano de la falta de trabajo. El populismo es
banal. No resuelve ni un solo problema real al mismo tiempo que genera una retórica
ampulosa para dar la apariencia de estar trabajando 24 horas al día.
El actual gobierno, a pesar de su invocada inclinación a lo
popular, no hizo nada para moderar lo que se presenta para nuestra democracia
como un pasivo insoportable. Ya son cuatro las generaciones que no logran ni
simbólica ni materialmente unir la vida personal y familiar con la idea del
trabajo y la dignidad. El deterioro de la cultura ciudadana que esto implica se
nota en la calle, en detalles pequeños, pero explota y hace daño en el
temperamento general de nuestra democracia. Ya en 1994, en El Conflicto Social Moderno Ralf Dahrendorf advertía que la
existencia de un grupo invisibilizado y sin acceso a participación política y a
bienes materiales y culturales se constituía en un serio riesgo para la
virtuosa continuidad democrática entendida desde un liberalismo igualitario. Para
complementar este ejercicio de falta de reconocimiento explícito por parte del
populismo, hay que leer el magnífico capítulo siete, sobre todo el final, que
Gustavo Noriega escribió en su último libro, Progresismo, el octavo pasajero.
El kirchnerismo tiene, además, una marca difícil de igualar. No ha
dejado una sola obra estructural importante luego de diez años de ejercicio del
poder. Todos los gobiernos, los que nos gustan y los que no, dejan una obra,
una estructura, un edificio, un sistema de comunicaciones, algo que puede
pensarse como una suerte de legado estructural. El kirchnerismo carece de eso.
Cuando nos preguntemos dentro de unos años ¿Qué obra dejó el kirchnerismo?
ganará el silencio o la ficción.
En la película de Sorín, el éxtasis ciudadano por la posibilidad
mágica del rejuvenecimiento es finalmente abandonado y reemplazado, luego de
catorce días y catorce noches de tragedias naturales, por un entusiasmo igual de fuerte, pero en
esta ocasión por el Ula Ula. La era del ñandú le deja su lugar a la era del
Ula-Ula. Entre los dos momentos mágicos, otros científicos hechiceros habían
descubierto el sucedáneo, siempre nacional y popular, de la droga de Kurtz.
Como salía del Pecarí, otro bicho nacional, lo llamaron Pecagerona.
No puedo evitar el juego de similitudes entre la farsa artística
de Sorín y la farsa política del kirchnerismo. Es difícil, también, que ese
juego no se extienda a la política en general. Suplantar un espectáculo por
otro. Suceder un drama con otro. Abandonarse a la facilidad de lo banal. Algo
de eso hay en la película de Sorín y algo de eso hay en la política Argentina. Es
como exculpar a Alberto Fernandez o ilusionarse con Massa. Son magos falsos que
hacen los mismos malos trucos que sufrimos hace décadas. No representan la cura
de ninguna enfermedad y, mientras tanto, nuestros problemas siguen
envejeciendo.
jueves, 7 de noviembre de 2013
El liberalismo como discurso posible
Este artículo fue publicado en el suplemento Enfoques del Diario La Nación el día 6 de octubre de 2013
Una mañana, el filósofo Richard Rorty descubrió en su auto –tal
vez un poco más lujoso que el de la media de los profesores universitarios
americanos- un letrero con la leyenda “Consecuencias del pragmatismo”. La
humorada remitía al título de uno de sus libros más famosos y, al mismo tiempo,
ironizaba sobre las ventajas económicas de haber escrito textos importantes de
la tradición pragmatista.
Los profesores universitarios, con sus ideas y sus actos, producen
consecuencias. Lo mismo sucede con los
gobiernos. Enumerar la totalidad de las consecuencias del kirchnerismo parece
improbable y hasta innecesario. En lugar de eso, tal vez resulte más útil e
interesante avanzar en una dirección más esperanzada.
La sociología, desde autores tan distintos como Wilfredo Pareto y Anthony
Giddens, ha destacado como un fenómeno particular, como una suerte de producto,
a las llamadas consecuencias no deseadas de la acción. Estas son un objeto de
estudio en sí mismo y sirven para
mostrar que nunca las cosas son de una sola manera.
Sin advertirlo y sin quererlo, las formas típicas del gobierno han
abierto algunos espacios que pueden utilizarse para pensar el después del
kirchnerismo.
Una de las consecuencias no deseadas que lega el kirchnerismo es
la posibilidad liberal. En el cuadro de ideas de la Argentina, el liberalismo
ha sido sometido a tantas y tan malas tensiones que era, hasta hace bastante
poco, una categoría inútil.
La polisemia propia del liberalismo reclama definiciones y pide
algunas precarias tesis. Existe una tradición del liberalismo, la que pone en
diálogo a las filosofías originales norteamericanas con la tradición
contemporánea del continentalismo europeo, que puede ayudarnos a imaginar un
porvenir distinto. Desde una idea particular de individualidad, contingente y
necesariamente vinculada al mundo social, el liberalismo de este tipo está en
condiciones de respetar la capacidad creadora de las personas a la vez que no
se desentiende de un proyecto más amplio. Estas concepciones, propias del mundo
de ideas americano, son fácilmente reconocibles en la obra pragmatista de John
Dewey y de Richard Rorty. La síntesis rortyana dibuja con claridad las
potencialidades políticas del pragmatismo: pensar siempre cómo evitar la
crueldad de los poderosos. El liberalismo, entonces, lejos de la anatemización
“por derecha”, es una forma política capaz de reconocerse en los más débiles
sin tener la necesidad de terminar en una narrativa única, cerrada y
conclusiva.
A diferencia de otras tendencias teóricas y prácticas, el
liberalismo -al no tener que responder a un proyecto determinado, a una esencia
o a un designio particular- abre puertas a la imaginación y es una vía de
solución de problemas que la Argentina se obstina en no considerar con
seriedad.
En este sentido, la agenda que plantea el futuro –algún día
terminará la letanía de retraso que propone el populismo- se lleva mejor con el
liberalismo que con cualquier otra tradición política. La razón de esta amistad
es que el liberalismo, por carecer de un criterio único de verdad, está en
mejores condiciones de interpretar la dinámica presente en la tensión generada
entre la creación de subjetividad y los problemas surgidos de la vida pública. Propongo
ejemplificar bajo la forma de una pregunta que plantea un problema que no
tardará en aparecer: ¿Acaso existe alguna tradición mejor preparada que el
liberalismo -por historia y por sensibilidad- para decir algo acerca de la
relación entre la libertad individual y la indetenible y saludable extensión de
Internet y de los medios sociales? Los cruces entre la vida pública y los
avances tecnológicos van a marcar las agendas de las democracias en los años
que vienen y se necesitará de un lenguaje y de una práctica en condiciones de
interpretar estas tensiones y sacar de ellas procesos creativos.
Otro espacio que el populismo deja abierto a la posibilidad de experimentación
liberal es el del lenguaje político. Los modos de hablar en la política
Argentina son extremadamente arcaicos y sonrojarían al mismísimo Orwell en base
a su previsibilidad y falta de belleza. Una mirada liberal puede reconsiderar
la lógica de presentación de los problemas desde la modificación amplia del
lenguaje. Es decir, renovar el léxico de lo político no para resolver los
antiguos problemas sino para desmenuzarlos, hacerlos desaparecer y proponer
otros en su reemplazo. En alguna medida, la capacidad liberal sería la de
reemplazar el modo tradicional de narración política por un nuevo conjunto de
metáforas.
Por imperio de la tozudez autocentrada del kirchnerismo, las ideas
liberales han ido ganando terreno en las discusiones y aparecen ahora como una
opción tan válida como otras. Aún cuando todavía quedan espacios muy marcados
por prejuicios antiliberales, el mundo de ideas liberal se naturaliza como un
discurso posible y, lo que es más, se le reconoce su potencia para una
narrativa opositora a las formas populistas. La asimilación entre el
liberalismo y la experiencia democrática empieza a mostrarse en el discurso
público de un modo más natural y menos pudoroso.
Definitivamente, considerar la dimensión liberal propone un
espacio de experimentación y aventura del que, afortunadamente, desconocemos su
resultado. Lo que es posible imaginar es que saldrán ideas nuevas. Esta
precariedad y la falta de certezas se constituyen en un verdadero ejercicio
contrario al conservadurismo.
Estas huellas liberales no se encuentran fácilmente en nuestra política de partidos. Más bien se escuchan motes
más antiguos y severos, como el progresismo o incluso el desarrollismo. Pero
aún así, la insistencia de la política argentina en negar la posibilidad de
darse el espacio para discutir el liberalismo como forma experiencial de la
democracia parece estar en retroceso. Ayudar a que esto suceda, se extienda y
se llene de criterios estéticos, epistemológicos y políticos puede ser una
interesante manera de ejercer nuestra participación en la gramática de la
democracia.
Etiquetas:
liberalismo,
Rorty
domingo, 8 de septiembre de 2013
Los usos de Portantiero
Esta entrevista fue realizada en casa
de Juan Carlos Portantiero sobre finales de la década del 90. La publicación en
la que se editó en su oportunidad, Pluma de Barro, insistía en reflexionar
sobre el papel de los intelectuales. No existía en ese tiempo el kirchnerismo y
las preocupaciones eran otras. Los que discutíamos de política lo hacíamos
viéndonos en el espejo de las modificaciones democráticas de la izquierda
europea. Leíamos a D´alema y a Giddens bajo la sombra hospitalaria de Bobbio y
de Max Weber. No es que estuvieramos bien, pero algunas ideas andaban por ahí y
Portantiero era una figura indiscutida.
Desde entonces releí esta entrevista un
montón de veces, muchas más de lo que seguro hicieron los improbables lectores
de nuestra revista universitaria. No tengo idea si el texto resultará sólo un
juego de arqueología o si habrá resistido el paso del tiempo. Si se que el
itinerario intelectual de muchos no lo resiste y que en cambio el de
Portantiero si lo hace.
No creo que las lecturas tengan una
utilidad urgente o que reclamen una temporalidad sin límite. De lo que estoy
más seguro es de mostrar las ideas de quien fuera en mi opinión el más
importante intelectual de las disciplinas sociales argentinas. Eso será siempre
una celebración.
G.P.
¿Se puede caracterizar de un modo actual la figura del intelectual y de
su papel en la vida pública?
Ha habido cambios muy grandes en el
papel del intelectual en la sociedad, sobretodo en su relación con la política,
y que tienen que ver con la recuperación e implantación de un sistema
democrático, algunos de esos cambios son positivos y otros negativos.
Hay una vieja figura del intelectual en
la Argentina que fundamentalmente tiene que ver con una dimensión crítica, un
intelectual alejado de los círculos de poder, del poder político, del poder
cultural, ubicado siempre en posiciones de combate, de manera independiente, o
vinculado a algunos grupos contestatarios tratando de expresar algo así como
una especie de crítica moral.
Esa figura del gran intelectual, que se
transformaba en una especie de referente para la población, que tiene
antecedentes históricos en figuras como Ingenieros, por ejemplo, que en algún
momento y por varias generaciones influyeron mucho, sobre todo en la juventud,
ahora está relativamente en un segundo plano.
Por cierto siempre aparecen algunos
nombres que con méritos o sin ellos tratan de ocupar ese lugar, Favaloro o
Sábato, a los cuales la prensa suele convocar como grandes representantes de la
conciencia de la sociedad, pero es verdad que ese papel de crítico social, de
especie de portavoz de las cuestiones más profundas de la sociedad, está un
poco perdido. Y eso no es bueno, no tanto por el tema de concentrar todo en las
grandes personalidades sino porque de alguna manera la función crítica del
intelectual se desmerece.
Por otro lado, hay ahora, como no lo
hubo en ningún otro momento, por la mayor permeabilidad del sistema político y
mayor apertura ideológica general del país, una presencia de intelectuales, sea
en funciones de gobierno o en funciones que tienen que ver con la actividad
política, como nunca hubo.
Los intelectuales, de alguna manera,
siempre estuvieron marginados del poder y si se encontraban vinculados a la
política lo estaban en agrupaciones que no tenían ninguna chance alguna de
ocupar el poder, y esa situación, a partir de la democracia se ha revertido
bastante. Esto de algún modo desencaja al intelectual clásico y a su rol
habitual.
Es decir, existe una presencia mucho
mayor, lo cual está bien, pero hay un cambio en la función del intelectual,
aquel intelectual que aparecía un poco como la conciencia crítica, ahora más
bien es convocado como técnico. La política se ha profesionalizado mucho más,
el tema de los procesos de decisión necesita de conocimiento experto mayor de
lo que antes había, y, por lo tanto hay
una presencia mucho más grande de profesionales del intelecto, llamémoslo así,
en funciones ligadas al Estado o dentro del sistema político.
Esto ha producido un cambio también
disciplinar. Antes, los intelectuales que estaban vinculados a la política eran
sobre todo abogados, ahora aparece un poco la tiranía de los economistas, y en
segundo lugar empiezan a terciar los sociólogos y los expertos en medios de
comunicación. Ocupando de modo diferencial ese lugar que antes estaba destinado
casi exclusivamente a los abogados.
Existe entonces, por un lado, una presencia
más masiva del intelectual redefinida en
su papel de técnico y, por el otro vemos que hay una pérdida de la dimensión
clásica del intelectual que era el del ejercicio de la ética y de la crítica
social.
Creo que un intelectual debería
definirse por las dos dimensiones, no debería abdicar de un conocimiento
específico que puede ser útil para la política pero tampoco debería abdicar de
mantener una distancia de la política en el sentido de no enajenar su capacidad
crítica.
Porque hay una diferencia básica entre
el intelectual y el político por más que puedan encontrarse.
Malraux, que era un intelectual que
actuó mucho en política, decía alguna vez que la dificultad en la relación
entre el intelectual y el político radica en que el político debe ser por
fuerza maniqueo, y el intelectual es, o debe ser, anti maniqueo por excelencia,
debe dudar, debe ver las cosas no con un criterio de blancos y negros sino que
debe introducir mucho más los grises en sus razonamientos.
Entonces, si por un lado la
participación de un intelectual en política es auspiciosa, el temor es que
quede subordinado y relegue ese papel de expresión de la sociedad que supo tener
tradicionalmente.
Teniendo en cuenta la creciente profesionalización del campo
intelectual, ¿cree que hay espacio posible para la crítica? ¿Es algo que
debemos extrañar?
Yo creo que deben recuperarse. En la
Argentina hubo un problema con los intelectuales, ellos fueron artífices
importantes de la primera modernización, desde la organización nacional hasta
la generación del ochenta inclusive. Jugaron un papel importantísimo en la
definición de ese país que había que construir desde el desierto, de hecho uno
no imaginaría a un Sarmiento actual o a un Mitre actual presidente de la
república y lo fueron en ese momento.
Luego, cuando la política se transforma
en un hecho de masas, esa tradición la mantiene el partido socialista, en donde
los intelectuales, empezando por Juan B. Justo, tuvieron un peso muy
significativo en la construcción de ese partido. Pero luego la política tomó
más un carácter de masa, primero con el Yrigoyenismo, y luego con el Peronismo.
Ambos dos fueron unos movimientos que miraban más bien de reojo a los
intelectuales, se constituyeron como fuerzas políticas hegemónicas despreciando
un poco el rol de los intelectuales y, por otro lado, las propias fuerzas
conservadoras también los marginaron en el sentido que gobernaban más bien con abogados
o con militares, pero no con intelectuales como había sucedido en el 60 y hasta
el 80.
Entonces, siempre hubo una relación muy
conflictiva entre intelectuales y política, lo que quedaba afuera de esa
relación conflictiva eran esas grandes figuras que encarnaban un poco la voz de
la sociedad.
Con la reimplantación democrática a
partir de los 80 en la Argentina, intelectuales y política empiezan a amigarse.
En ese sentido el gobierno de Alfonsín fue importante por la forma en que trató
de integrar intelectuales a sus políticas. Pero este hecho, que parece
positivo, que aparece como una reubicación de los intelectuales de donde habían
sido desalojados tiene el riesgo de que los intelectuales queden subordinados a
la política y por lo tanto pierdan la capacidad de mantener esa distancia, que
yo creo que es imprescindible.
Por lo mismo, si bien no se puede
pensar a la política moderna sin intelectuales, tampoco se puede pensar en que
los intelectuales sean totalmente absorbidos por la política, sino que tienen
que mantener su independencia de criterio.
Cómo analiza la experiencia del
período de transición democrática desde el punto de vista de la relación entre
los intelectuales y la política
Esto fue un signo de los tiempos más
que un mérito de Alfonsín, es algo que está sucediendo acá y en todas partes
del mundo.
La toma de decisiones sigue estando en
manos de los políticos, de las instituciones y de los tecnócratas, eso es así,
si nosotros pensamos que los tecnócratas son intelectuales, y no está mal pensarlo
así, efectivamente hay una fuerte influencia de los intelectuales, pero ahí
está lo que decíamos, el imperialismo de los economistas, dominándolo todo,
porque la situación pone a la economía en primer plano, entonces, en la
instancia de toma de decisiones, eso no varió. Lo que creo que los
intelectuales hicieron en los tiempos de Alfonsín, y también lo que están
haciendo ahora, tiene mucho que ver con influir para cambiar ciertos lenguajes
de la política, ciertas formas en que los políticos se acerquen a los problemas
de la realidad. Es más sobre el discurso que los intelectuales han operado, que
sobre las decisiones.
Si admitimos que se hace difícil encontrar la figura del clásico
intelectual con legitimidad para enunciar lo social, ¿Alguien reemplazó esa
legitimidad? ¿Cambiaron los depositarios de esa legitimidad?
Creo que el proceso empieza a ser más
colectivo y menos individual, creo que los intelectuales estarán presentes en
aquellas funciones que les tocan. Pueden operar sobre el discurso, operar sobre
decisiones políticas en la medida que sean convocados para ello, pero son los
movimientos sociales los que legitiman o deslegitiman la acción política, los
que construyen la posibilidad de darle voz a la sociedad, y ya no tanto una
figura solitaria, un Víctor Hugo, un Zolá, un Ingenieros, un Ricardo Rojas o
los casos menos significativos y menos interesantes de un Sábato, un Favaloro,
por dar nombres que siempre aparecen convocados para hablar de cualquier tema
en la medida que algunos los consideran como depositarios de esa verdad
general.
Creo que hay una manera más colectiva
de entender los grandes temas, son los
movimientos sociales los que cumplen esa función y no los intelectuales.
En ésta forma de asumir lo social el
intelectual tiene dos formas de incorporarse. Una, no olvidando que el
intelectual es un ciudadano, y por lo tanto tiene los deberes y los derechos
que tiene todo ciudadano de inmiscuirse en los problemas públicos. Eso ya es
una forma de participación que la segmentamos como participación de los
intelectuales, pero tiene que ver con la necesidad de participación de toda la
sociedad, y otra es la forma de su participación, también como ciudadano, pero
más especifica. En este caso veo dos vías, una es trabajar desde su conocimiento
técnico para formular grandes líneas de política. Un testimonio interesante de
esto es lo que sucedió en su momento con
la preparación del programa y de la plataforma de la Alianza. Allí hubo una
movilización grande de intelectuales que aportaron desde su profesionalidad
específica, problemáticas y propuestas para un gran programa, para una gran
plataforma política. La otra forma de participación de los intelectuales es
insistir en esta función que han venido cumpliendo desde los años 80 en
adelante, en un marco que necesita de pluralismo y de libertad de expresión,
que es la de traer los grandes temas, operar sobre los discursos de los
políticos incorporando los grandes temas de discusión de 1a sociedad
contemporánea.
Creo que ese es un papel bastante significativo
para la modernización de la política que los intelectuales pueden llevar
adelante incluso sin estar militando directamente en política, sino simplemente
teniendo un oído alerta a las grandes problemáticas y a las grandes discusiones
que se dan en el mundo.
¿Hay acaso una modificación del campo intelectual que es propia de la democracia?
En primer lugar, los que vienen ahora,
tienen la ventaja, que no hemos tenido nosotros, de incorporarse a un campo
intelectual donde las reglas del pluralismo y de la libertad ideo1ógicas están
asentadas, y que van a durar, es decir que pueden instalarse como actores
significativos dentro del espacio social, porque existe la posibilidad del
debate, de la argumentación, cosa que estaba totalmente bloqueada por el
autoritarismo. Eso abre un campo muy grande que a veces los jóvenes lo ven como
una cosa natural y no lo es. El derecho a tener voz fue algo que hubo que
pelear mucho, así que hay una ventaja
grande.
La desventaja, quizás, pero desventaja
en la línea de lo que estamos planteando como una participación más activa del
intelectual en el espacio social, es que los saberes tienden cada vez más a
parcializarse y segmentarse y, por lo tanto, lo que aparece es una
multiplicidad de esferas específicas en donde la tarea intelectual puede
desarrollarse, y esto hace más difícil visiones de conjunto, más universales.
Esa multiplicidad que se da en el
conocimiento puede dar lugar de hecho a una tecnificación del trabajo
intelectual, a una particularización excesiva del trabajo intelectual que haga
perder un poco su sentido original.
Si la pregunta apunta más hacia el
papel de las universidades en la formación de un campo intelectual yo diría
que, con todo lo mal que está la universidad en este momento, está mucho mejor que
en los últimos 35 años. En Argentina hubo un período muy breve de expansión de
la universidad, no mayor que 10 años, del 56 al 66, y luego una noche negra.
Desde el 83 la universidad empieza a
recuperar esa capacidad de socialización de la gente, por un lado y por el otro
de producción de conocimiento, y en ese sentido funciona con mucha fuerza como
un crisol importante de discusión. Creo que todavía habría que profundizarlo un
poco más, quitándole a la discusión lo que tiene de exterior, esto es, lo que
aparece como simple lucha de pequeñas capillas o sectas que pelean las unas
contra las otras y que opacan la posibilidad de discusiones más profundas. Pero
de todas maneras creo que la universidad está jugando un papel más importante que
el que jugó en otras épocas, incluso con todas las limitaciones y necesidades
de reformas que tiene en este momento.
Usted mencionaba recién que resulta imposible imaginar un Sarmiento
presidente en la actualidad. ¿Qué cambió? ¿O qué cambió más? ¿El país o los
intelectuales?
Históricamente la figura del
intelectual en Argentina, con respecto a intelectuales de los otros países de
América Latina siempre fue más cosmopolita, siempre estuvo más masivamente
atraída por lo que aparezca como lo último, lo nuevo, sobre todo en Europa y
los Estados Unidos. Esto generó una intelectualidad menos nacionalista que la
intelectualidad de los otros países de
América Latina.
El nacionalismo se replegó, primero, en
las formas más bárbaras del tradicionalismo con fuerza en el nacionalismo
católico de los años 30. Luego, recaló, no tanto en el gobierno o la figura de
Perón, como en esa especie de reinvención del Peronismo, con representantes como
Jauretche y Hernández Arregui que derivó
del viejo nacionalismo una actitud anti intelectual y cierto populismo
demagógico en la construcción de sus categorías. Salvo esas expresiones, en
general, la intelectualidad argentina en relación a otras, estuvo más ligada a
la novedad.
Esto puede ser visto como un defecto o
como un mérito, pero creo que es un
rasgo, un rasgo que en otros países de América Latina es apreciado, apreciado
no en el sentido de lo bien visto, sino que es señalado como algo que
efectivamente caracteriza a la intelectualidad argentina.
Es decir, Chile puede producir a
Neruda, Perú puede producir a Vallejos, pero un tipo como Borges solamente
puede haber surgido en un país como la Argentina. No me imagino a un Borges
mexicano, tienen otros intelectuales extraordinarios, sin duda, no se trata de
establecer un ranking intelectual, pero sí hay un tipo de intelectual que es
característico de nuestro país.
Usted forma parte, indudablemente, del campo intelectual Argentino, que
críticas cree que le cabrían a ese espacio social delimitado por la acción de
los intelectuales
El campo intelectual argentino tiene
varios defectos, es un campo que está muy minado por recelos, envidias,
querellas, que tienen que ver, especialmente, con recursos escasos para
repartir entre una capa intelectual que es bastante numerosa.
Por otro lado, lo que me parece un
síntoma negativo bastante característico de los últimos tiempos, es la poca
capacidad que existe para generar debates interesantes.
Por lo general, si uno observa lo que
se publica termina por pensar en que o bien no hay debate o, cuándo lo hay, responde
más a discusiones de tono personal que a un debate de ideas, parecen más peleas
de conventillo.
Creo que le falta enormemente al clima
intelectual argentino un vigor polémico interesante que no tiene. Antes existía
éste vigor polémico, existía un espacio fuerte de debate intelectual, ahora me
parece que no.
Entonces, ¿sobre qué bases se sustenta la posibilidad de hablar de un
campo intelectual?
Tomando un poco las observaciones de
Bourdieu sobre el campo, diría que
existe un campo intelectual en la medida que hay relaciones de fuerza en ese
interior, pero que las peleas son más por el capital material que por el
capital simbólico. Las peleas tienen más que ver con ese recurso escaso que con
el entrecruzamiento de ideas y que por eso está sobreactuado en discusiones muy
personalizadas, en agravios personales y en brulotes que uno escribe contra
otro acusándolo o bien de reformista, o bien de revolucionario o montonero. En
fin, ese tipo de argumentos ad hominen, son los que más circulan hoy en la discusión
y eso le quita interés al debate.
¿Qué sueños perduran en un intelectual en la Argentina?
Salvo en aquellos que han decidido
cambiar su independencia de criterio por un plato de lentejas, es decir, que se
han acomodado al sistema y de lo único
que tratan es de aprovechar los beneficios que éste puede darles a ellos
personalmente, creo que los valores están vigentes. Creo que la idea de que es
necesario luchar por una sociedad más justa, más libre, la mayoría la sigue
teniendo.
Lo que está claro es que, salvo que se
crea que se está a salvo del paso del tiempo, aún cuando los principios estén
vigentes, es necesario acordar en que no así los instrumentos.
Entre otras cosas, en el mundo desde
los 60 hasta ahora han sucedido una serie de cataclismos que obligan a que
pensar de la misma manera se vuelva conservador. Se termina jugando un papel
absolutamente conservador adornado con un discurso apocalíptico pero que en el
fondo es conservador porque no influye ni cambia ni modifica un milímetro
de la realidad.
¿Podemos ser optimistas al pensar en el futuro tanto del país como del
campo intelectual?
Yo creo que sí, se puede pensar en que
las cosas van mejorando, pero alertas siempre en que hay necesidad de producir
más cambios y reformas de las que están a la mano. Las cosas ahora están más
complicadas y las instituciones y, especialmente, las instituciones
intelectuales, si no se ponen a tiro de la complejización de las cosas y del
rápido desenvolvimiento de las cosas, en muy poco tiempo quedarán obsoletas y
fuera de juego.
Creo que hay una tarea hacia adentro
del campo intelectual, de reforma, más allá de las reformas que hay que hacer
en la misma sociedad.
Esos cambios son muy significativos y
pongo a la Universidad en primer lugar en éste sentido.
La Universidad tiene que someterse a un
proceso de autocrítica muy profundo sobre cómo se está trabajando, sobre cómo
se está vinculando con el mundo real, cómo se están procesando los cambios que
se presentan en la producción y distribución del conocimiento.
Esto implica desde reformas
curriculares, reformas organizativas, formas de descentralización, en fin, una
serie de temas sobre los que se va a tener que pensar, pero sobre todo actuar
porque si no ,la institución universitaria, quedará fuera de foco y esto, por
supuesto, influirá sobre el campo intelectual.
viernes, 16 de agosto de 2013
La oportunidad de UNEN
Your dog, 2002, Yoshitomo Nara, Minneapolis Institute of Arts
(Esta nota fue publicada en @Bastion_Digital el miércoles 14 de agosto)
En la descripción de lo que pasó con UNEN el
domingo concurren muchos factores. Para comprenderlos mejor sugiero hacer dos
cosas. Por un lado tratar de entenderlos dentro de un contexto político que los
excede, y por el otro, ser prudente en el manejo de los resultados.
En el casillero de las virtudes hay que colocar
en primer lugar que UNEN es un experimento político. Es muy modesto, pero
agranda su tamaño en el marco de un sistema político cada vez más conservador. UNEN
entendió el mensaje de la ciudadanía de Buenos Aires, le dio una herramienta para que su participación corporal en la elección tenga utilidad y resultó un
experimento exitoso. En el mismo camino, otra característica importantísima de UNEN
es que asumió riesgos. Calculados algunos y sorpresivos otros, cada una de las
tres fuerzas que se midieron en UNEN, asumieron un rasgo de aventura que ponía
en suspenso su propia participación. Tuvieron la osadía de dejar la mesa de
negociaciones cerrada y encajonada en las oficinas de los mandarines para
salir, pudorosamente, a probar el airecito de la calle. Y eso también rindió.
UNEN se encontró, entonces, con un escenario
amigable. El gobierno nacional tiene harto a los porteños y el desprecio que la
presidente tiene por nosotros encontró un paralelo casi exacto. Salvo un
porcentaje menor – el mismo que conquistó la fórmula Filmus-Cabandié- el resto
de las personas creyeron que cualquier cosa que hace el gobierno, pero
fundamentalmente la presidente, tiene la marca del odio hacia todo lo que
ocurre en Buenos Aires.
El otro oficialismo, el PRO, cometió errores
casi amateurs en la construcción de las listas y en su puesta en escena
política y, además, comienza a pagar de a poco el desgaste propio de la
gestión. La obstinación del PRO por hacerle creer a todos que la nueva política
es en realidad una escena impolítica donde todo el mundo baila y salta de la
mano mientras ríe a carcajadas, paga en la ventanilla de la política
democrática más lisa y llana. Cuando se gobierna, hay desgaste, y si no se
promueven liderazgos alternativos, las figuras providenciales o carismáticas
alguna vez muestran fisuras. Está claro que el PRO tiene todavía un favor
público en la Ciudad muy importante y hasta se puede admitir que mucho de los
votos de UNEN este domingo pueden terminar en octubre en el PRO, pero la
negación y la falta de reflexión no parecen atributos serios para una fuerza
que se presenta como alternativa nacional.
Bajo estos soles políticos, el plan de UNEN de
darle a los ciudadanos un lugar donde decidir tuvo un interesantísimo
resultado. Un poco más de ocho puntos de diferencia en Diputados, y un punto en
Senadores sobre las listas del PRO. No me interesa aquí entrar en discusiones
aritméticas (arte del que, por otra parte, lo desconozco todo menos lo
elemental) acerca de si los votos de UNEN deben sumarse o no. La consideración
política es clara: UNEN es una fuerza política y sacó una determinada cantidad
de votos. No se puede saber si sacará los mismos en octubre, pero esta máxima
aplica para cualquiera de las fuerzas en competencia. Para no ser acusado de
ingenuo, me involucro más en este problema para distinguir entre las dos
categorías en competencia. La lista de diputados nacionales de UNEN sale de las
PASO mejorada, ordenada por la participación de personas comunes, pluralizada y
fortalecida. La lista del PRO, decidida en base a equivocadas técnicas de
marketing y entre cuatro paredes, es idéntica a sí misma en octubre y tiene que
remontar casi diez puntos de diferencia.
En senadores, en cambio, la ecuación se
invierte. La diferencia a favor de UNEN es irrelevante y la candidatura de
Solanas es, por estilo y por temperamento, la menos preparada para discutir el
senador por la minoría con el Frente para la Victoria. Los ecos
primerperonistas de Solanas son demasiado audibles como para no tenerlos en
cuenta y sus acreditaciones opositoras frente al gobierno nacional no ofrecen
ninguna confianza. Esto podría volcar la tendencia y trasladar votos a Gabriela
Michetti. Si el caudal alcanza o no para que Filmus termine en segundo lugar es
algo que no podemos predecir ahora sin riesgo de caer en la fantasía o en la
ciencia ficción.
En ambas categorías, el desafío de UNEN es el
mismo. No traicionar ese breve espacio de juego que abrió asumiendo el riesgo
de usar las PASO volviendo a situaciones políticas más tradicionales. Para
hablar en buen romance, UNEN tiene que cuidarse mucho de no entrar en
discusiones y provocar tensiones que lo devuelvan a un esquema tradicional. El
tránsito de UNEN de aquí a octubre debería parecerse mucho a lo que va ir
pasando con el clima. UNEN debería mostrarse con los ciudadanos como ese sol de
fin del invierno, que calienta lo suficiente como para no agobiar, y que nunca
se convierte en una molestia.
Pero más allá de lo que pase en octubre, hay
algo que ya ha sucedido y que, de utilizarse, puede abrir algunas puertas
interesantes. La utilización de las PASO como herramienta demostró su eficacia
sobre todo en lo más difícil de conseguir. Por un rato, y solo por un rato –y
esto es saludable- la política es mirada con atención por las personas que no
viven -en un sentido amplísimo- de la política.
Con un peronismo que se muestra como las
esculturas de rostros facetados de Minujin pero con el complejo adicional de no
saber cuál va a ser su rostro definitivo y con el PRO obstinándose en
convertirse en otra de las oportunidades políticas perdidas de la Argentina,
una fuerza plural que defina sus liderazgos electorales por la vía de las PASO aparece,
al menos, como estimulante.
El espacio panradical puede, si es astuto y
abandona la nostalgia (esto es, si deja de lado sus excesos ideologizantes y
sus pretensiones performativas de ser socialdemócrata), convencer y seducir a espacios liberales y
republicanos decepcionados por el PRO. Otros podrán convocar a tradiciones con
otros idearios y otras pertenencias territoriales. Todos podrán apelar a la
necesidad de cubrir éticamente el territorio arrasado que deja el kirchnerismo.
No se descubre un candidato a presidente de un
día para el otro. Las personas están y no serán otros los que puedan competir.
Cobos viene de un triunfo impactante, Binner de ratificar su liderazgo en Santa
Fé, Carrió resurgió en la ciudad y Sanz aparece como una suerte de estratega
general con aspiraciones más que validadas.
Con sincera inclemencia digo que no creo que
una fuerza con esos nombres pueda resolver los problemas más graves que para mí
tiene la Argentina. Pero es un paso grande, enorme, en esa dirección. Es el primer
paso para que otros, mejores, se animen en el futuro a jugar y a inventar. A
crear una sociedad abierta, sin ataduras conservadoras con un pasado que nunca
fue glorioso.
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