
El Gobierno habla por boca de Hebe de Bonafini. Hasta esta hora, ni la presidente ni nadie de importancia del gobierno nacional se responsabilizó o caracterizó los dichos de Hebe de Bonafini en la tarde de ayer. No sólo eso, hace unos minutos escuché a la propia Bonafini decir que muchas personalidades (no precisó quiénes) la felicitaron por tratar de turros a los miembros de la Corte Suprema y por decir que hay que “tomar” tribunales si las cosas no son como ella, y por su intermedio el Gobierno, quieren que sean. No es nueva la particular manera de referirse a asuntos políticos que tiene la señora de Bonafini, ya nos ha regalado su alegría por el atentado a las torres gemelas y su beneplácito con actitudes autoritarias de Irán o de Venezuela. Lo importante aquí y siempre es que esa voz es la voz oficial y que, paradójicamente o no tanto, el objeto particular de la diatriba es una de las más esforzadas y mostradas conquistas del actual gobierno, al menos desde la justificación progresista. Y lo hizo, al menos hipotéticamente, en un acto en defensa de la Ley de Medios, otro de los blasones gubernamentales en registro progre. En un mismo movimiento, Bonafini desautoriza a los dos ejercicios de legitimación “por izquierda” del gobierno que la sostiene económicamente y la autoriza en términos de enunciación política. No es un dato menor que quién esto hace tenga detrás de sí la energía de la reivindicación por los derechos humanos y sea, a su vez, una de las depositarias de la clausurada memoria histórica argentina, anclada, por imperio de la narración del poder, en los años 70. ¿Cómo deberá ser leído este episodio de clara violencia institucional que, por increíble que parezca impacta en los puntos de instalación progresista del Gobierno?¿Cómo leer el silencio? ¿Estamos acaso frente a un sinceramiento de las variables de legitimación kirchnerista?