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miércoles, 6 de octubre de 2010

Nosotros, los contemporáneos de la constelación de centroizquierda

En uno de los diálogos que en el delicioso volumen titulado Los latidos del mundo mantiene con Alain Finkielkraut, el filósofo Peter Sloterdijk anima, con su habitual causticidad, una reflexión acerca de la contemporaneidad que puede ser utilizada entre nosotros para pensar alrededor de la idea de la centroizquierda.

Sloterdijk plantea, sencillamente, que la condición de contemporaneidad se articula cuando se comparte un aprendizaje negativo. Más allá de un acuerdo primario, y para no ceder a la tentación flagelante que la proposición asume, propongo pensar la condición centroizquierdista o más bien su formalización práctica evitando por un lado la candidez y por otro la frivolidad.

No planteo, claramente, una mirada sobre la coyuntura, sobre las obvias y ominosas miserabilidades típicas de los cierres de listas o de un proceso pre electoral. Más bien por el contrario, creo necesario establecer una consideración más amplificada sobre lo realizado o nó desde las experiencias políticas argentinas que se autoincluyen bajo el dominio conceptual del centroizquierdismo en sus variadísimas expresiones semánticas.

Una primera valoración incluye una dimensión regional, resulta claro que al mirar comparativamente el desarrollo de las fuerzas de centroizquierda en nuestro países limítrofes, las actitudes argentinas son altamente deficientes. Tanto en lo relacionado con la posibilidad concreta de encontrar puntos de contacto entre versiones del mundo diferentes pero concurrentes para conformar partidos y coaliciones viables y estables, como en la propia aplicación de políticas públicas tendientes a solucionar problemas concretos de la construcción de ciudadanía, nuestros amigos regionales, sobre todo Brasil y Chile nos aventajan visiblemente. Aún cuando está claro que no viven en el reino de la igualdad, estos países caminan hacia delante y trabajosamente construyen espacios de inclusión creciente y cimientan su liderazgo mientras que en nuestro país los responsables políticos se contentan con una redescripción permanente de los problemas sin aportar, en décadas, ni el principio de la solución.

Y este es un punto central cuando la reflexión toma el camino de la centroizquierda. Desde la recuperación democrática, diferentes Gobiernos, incluso locales, han enunciado desde posiciones progresistas. Sin embargo, no existe indicio cierto de que se hayan establecido ni primariamente, las discusiones que habilitarían políticas que merecieran tal denominación. Tanto en lo relacionado con un tratamiento de las desigualdades, como en lo relativo a las reformas institucionales y políticas, las fuerzas que se dicen progresistas no han avanzado un solo paso visible y ostensible en un sendero reformista.

No existe política pública universal genuina que devuelva dignidad a compatriotas vulnerados por la desesperación de la pobreza, no hay rastro alguno de un ejercicio serio de reforma política que permita establecer rasgos de modernización en el sistema electoral y mucho menos en la vida de los partidos. Estos son protagonistas pasivos de sus propia extinción sin someterse a una crítica y sin que sus principales decisores pueden admitir siquiera una breve, brevísima, equivocación.

Las políticas de la centroizquierda son las más conservadoras de la política argentina y eso es lamentablemente aprovechado por un ejercicio de conservadurismo institucional que se hace eje en los diferentes partidos y que además cuentan con prácticas intelectuales y académicas de autojustificación.

Nosotros somos contemporáneos (en sentido Sloterdijkiano) de esta idea de centroizquierda. Hablar de contemporaneidad de algún modo es hablar del ejercicio de una comunidad. La pregunta aquí es ¿Como poder habitar esa comunidad sin desesperanza y sin que nuestra propia biografía se sienta violentada? Es necesario instalar un debate desinhibido sobre las condiciones de posibilidad sociológica, políticas y experienciales de una política de izquierda democrática y para hacerlo hay que asumir los riesgos de una conversación de la que no se conoce el final pero a la que, a la vez, es prudente y necesario tenerle confianza. Una conversación conflictiva pero armónica y colaborativa entre diferentes familias teóricas, entre visiones complejas de los problemas y sobre la imaginación que se tiene que poner en práctica para reparar el daño que la política le hizo a la sociedad. Una discusión concreta sobre lo que será nuevo y lo que ya no sirve, sobre las responsabilidades y sobre las omisiones.

En su contestación a Sloterdijk, Finkielkraut define lo común de la condición contemporánea como la existencia de un catálogo de decepciones. Vivir en un mismo tiempo calendario no nos hace contemporáneos de los conservadores que insisten en decir que son de centro izquierda.