
Domingo, temprano para un domingo, empiezo a mirar los diarios por Internet. Y digo mirar, porque leer, lo que se dice leer, no es. Cuando termino con los diarios serios, me voy a algunos blogs. Después de los blogs, a los diarios menos serios, hasta llegar a ese bochorno que es Tiempo Argentino. Recorrerlo es una editorial completa de lo que piensa la cultura nacional y popular sobre el género humano. Y , lo que es ya una marca del kirchnerismo, cazan en el zoológico, con lo que la conclusión a la que se llega es que piensan así, sobre todo de los que lo siguen y no de los opositores. Nadie en su sano juicio, y sé lo que estoy diciendo, lee este pasquín a menos que quiera escuchar la música del canto kirchnerista.
Pero algo leí que me llamó aún más la atención que lo de siempre. En un título destacado, pero también escondido de su versión digital el periódico promete a sus lectores, “Polémica de dos escritores sobre la última dictadura militar argentina” y presentaban una polémica entre Mario Vargas Llosa y Juan José Saer. La bajada de la nota decía, textualmente, “En 1995, el Premio Nobel de Literatura publicó en El país un artículo sobre las escalofriantes confesiones de los militares que participaron de la represión sangrienta. El autor de Glosa, indignado, le contestó públicamente. “
Me extrañó lo suficiente como para adentrarme en la nota para ver que decía. Quería ver cuál había sido el tono de un debate que me perdí y que seguro me interesa.
Grande mi sorpresa, Saer en ningún momento se muestra “indignado” con Mario Vargas Llosa, mucho menos que eso, utiliza el artículo del peruano en El País, de Madrid, para pensar y profundizar sobre la dictadura argentina. Adjudica responsabilidades, asume limitaciones y hace un inteligente reconocimiento del estado social de la Argentina que promovió, admitió y sufrió el último golpe de Estado, Pero nada malo sobre el último premio Nobel. Eso sí, con justicia, Saer dedica un párrafo demoledor a la cultura política de la violencia, a Montoneros, a ERP y a sus obvias responsabilidades en lo que la historia luego derramó sobre la totalidad de los argentinos.
No es que, ni por un momento, hubiera pensado que un diario como Tiempo Argentino podría jugar con limpieza, pero me parece demostrativo del desprecio hacia sus lectores y, además, expone lo que sucede cuando se trata el tema de la opinión y el derecho a la comunicación con la suficiente banalidad. Otro capítulo merece el de la construcción ficcional de un pasado, un presente y un futuro, materia en la que el Gobierno es, claramente, el mejor alumno.
