martes, 2 de agosto de 2011

el kirchnerismo entre la épica y el pasado

Las elecciones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y en grado un tanto menor las de Santa Fe, han expuesto una de las tensiones que va a marcar la escena política de aquí en adelante y por bastante tiempo. El kirchnerismo tiene que resolver un problema ordinal. Cada vez que extrema el recurso de su relato particular, la política real le devuelve, como un espejo de los viejos parques de diversiones, una figura sin límites, sinuosa y desagradable. La manera que tiene para relacionarse con eso no mejora las cosas. Como un chico caprichoso –tal vez hay muchos chicos caprichosos involucrados- se obstina en instalarse en un sitio e insiste hasta obturar la participación de cualquier otra dimensión analítica.

La tozudez con la que el kirchnerismo plantea y replantea una épica redentorista y se coloca en un lugar de hipotética resistencia tiene como contraparte política su cada vez mayor dependencia de los sectores más conservadores del tradicionalismo pejotista. Mientras el kirchnerismo insiste, falsamente, en colocarse como un gladiador en medio de las adversidades que propone la derecha (?) y persiste en guardar el modelo, lo cierto es que depende, para su continuidad, de que le vaya bien a Scioli. El gobernador de la provincia de Buenos Aires no es precisamente un cruzado de los setenta, pero es quién tiene en su puño la continuidad del relato kirchnerista.

Este problema, algo así como la tensión entre necesidad y virtud en clave kirchnerista, recorre la política argentina y, según veo las cosas, será el organizador de los años que vienen. Como nos tiene acostumbrado históricamente el peronismo, lo más probable es que se involucre a toda la sociedad en el revuelo y que terminemos todos dentro del chiquero. No creo que algunos indicios de civilización se extiendan demasiado, más bien estoy tentado a pensar que extremarán los recursos hasta límites improbables. Mentarán la soga emancipatoria en la casa del ahorcado conservador y nos pedirán a todos que participemos del cónclave perverso.

Desde el punto de vista cultural, incluso intelectual, creo que para los que no formamos parte del universo oficial, el desafío reflexivo más importante es el de desmontar el discurso redentorista. Sería muy conveniente que pudiéramos imaginar un tono con el que discutir eficazmente la idea de que el kirchnerismo supone una épica resistente que se instala en el lugar del bien para luchar contra los que “verdaderamente” tienen el poder. El gobierno y sus argumentadores nos proponen, permanentemente, pensar la política como un todo agonal en el que se está del lado correcto o del incorrecto, pero en el que invariablemente, se lucha. La esencia de la política para el kirchnerismo es la lucha, y esa combate se libra, en su afiebrada narración, contra un poder que está en otro lado. Plantean las cosas como si un gobierno, un Estado, los sindicatos y el dinero no formaran parte de ese poder. Vulnera la inteligencia advertir los esfuerzos que realizan quienes hace ocho años están en el ejercicio del poder político para convencernos a todos de que el poder está, o bien en los medios, o en el campo, en las privatizadas o en los Estados Unidos. No hay nada más falso y perjudicial para la democracia que ese relato. La paradoja increíble es que el kirchnerismo propone siempre una vuelta al pasado, pero su narración redentora pone ese pasado en una década y sus necesidades políticas están en otra.

Desandar la imagen del resistente -figura militar por cierto- que pretende irradiar el kirchnerismo puede ser la principal tarea cultural de los años que vienen. Nada indica, desafortunadamente, que las prácticas actuales nos provean de una herramienta política eficaz, -ese es otro de los retos-, pero nada nos impide pensar, conversar y colaborar en la construcción de un relato democrático diferente.

viernes, 6 de mayo de 2011

A.M.M.

Era de mañana. Una mañana fría, pero menos de lo que puede esperarse en enero en Madrid. Me tome el Metro cerca de Atocha y cuando bajé, deshice caminando las pocas cuadras que me separaban de la Glorieta de Bilbao. Me enteré después que el café Comercial es uno de los pocos bares en donde todavía se puede hablar. El Comercial es un sitio en donde las mesas de mármol oscuro y los pesados sillones enmarcan con aire de antiguo señorío la vieja práctica de la conversación. No hay televisores encendidos, las mesas distan unas de otras lo suficiente como para que un comensal gordo pueda desperezarse y la pana de los pesados sillones se resuelve cálida, verde, invitando a sentarse tranquilo. Un mozo impecable me trajo lo que pedí mientras esperaba, un café con leche y una de churros.

Antonio Muñoz Molina traspasó la puerta y me saludó como si nos conociéramos desde siempre, dejó su abrigo en el respaldo de la silla y empezó a hablar. La idea original, la de grabar nuestra charla quedó fuera de tiempo, casi como un rasgo inútil de formalismo. Eso no importa tanto ahora, me parece recordar que otro amigo, el fotógrafo Pablo Linietsky me acercó la idea de Kapuscinsky, aquella que deja claro que lo irremplazable en la crónica de un encuentro son las impresiones que este dibuja en el recuerdo.

Conversamos con Antonio de muchas cosas, algunas importantes y otras no tanto. Encontramos una obsesión común por temas que van hermanando reflexiones de manera mágica e inentendible. Hablamos bastante sobre lo fácil que se le hace a ciertos izquierdistas profesionales transformarse en perfectos conservadores al impugnar cualquier muestra de pensamiento crítico. Mucho más cuando ese pensamiento se posa sobre lo que pensamos es el rasgo más peculiar del pensamiento de izquierda actual. Si uno les discute su apego al pasado inmediatamente aparece la anatemización y la clausura de nuestra participación en el templo progresista. Tal vez porque nada tengan para decir acerca del futuro, los izquierdistas españoles, como los argentinos, se refugian en una caprichosa narración del pasado y si alguien dice otra cosa, lo excomulgan. Nos reímos un poco de esa simplificación más hija de la torpeza y la ignorancia que de la reflexión política. Pero lo tomamos en serio, ambos creemos ver un peligro en el uso político de la memoria y en las descripciones antojadadas que se nutren desde el poder político.

Cuando hablamos de libros y de ideas una de las primeras palabras que apareció fue pragmatismo; Antonio se refería a su uso no filosófico, pero aproveché para hablar de filosofía. Al cabo, a Antonio le pareció espléndido estar conversando con un pragmatista. Uno de sus últimos mails cerraba con un “de un pragmatista a otro”. Mierda, pensé. Y todavía hay más, hablamos de mi ensayo sobre Octavio Paz, al que él no conocía del todo. Me contó luego que a la salida de nuestro encuentro se compró lo que consiguió en las librerías madrileñas del enorme mexicano. A partir de allí en cada ocasión en la que nos comunicamos me remarcó que había descubierto con Paz un universo nuevo, casi a la manera que se abre cuando se descubre al propio Borges.

Antonio Muñoz Molina, el que es para mí el más impresionante cronista en nuestra lengua, es un personaje curioso. Lee con un interés que algunos ayudantes de prácticos en nuestras facultades ya no creen necesitar y cree que tiene cosas para aprender a cada paso y de mucha gente, incluso de aquella que casi no conoce.

Mañana sábado a las 17 horas presenta en la Feria del Libro de Buenos Aires su última novela, “La noche de los tiempos” que editó Planeta. Este amigo pragmatista estará allí, entretejiendo la urdimbre fina y vigorosa de la comunidad de personas abiertas a la belleza de la palabra en español.

domingo, 17 de abril de 2011

Para hablar de otra cosa, o la institucionalización de un frente reformista

La política de estos días, muchas veces, nos hace sonrojar. Nos ponen colorados de vergüenza algunas declaraciones, algunos trascendidos y sobre todo, la falta de una acción concreta, sencilla, determinada y entusiasta hacia la construcción de una opción reformista que se plantee frente a la prolongación temporal del populismo peronista en su versión K. El único espacio que me interesa problematizar en este caso, por cierto, es el que me convoca, el de la construcción de un frente progresista (Dios sabe que me gustaría otra denominación). El tiempo que transcurre sin adelantar ni un paso es tiempo que se escurre de nuestra propia asunción de responsabilidades para con aquellos ciudadanos que necesitan de un sosiego para la inútil y efímera agitación que propone permanentemente el gobierno. El tiempo que pasa no es una variable menor que no hay que tener en cuenta a la espera de que la dinámica de los hechos acomoden todo de la peor manera en el último día. Los líderes posibles de un frente progresista tienen una responsabilidad mayor que nadie en no dejar que la desidia gobierne sus pensamientos y sus actos. Hay demasiada gente comprometida en que no se alumbre una genuina expresión política reformista y la política argentina quede enredada en un juego absurdo entre un peronismo siempre dúctil y preparado para el cambio de rostro y un polo de derechas más o menos moderno e impolítico. La tranquilidad de muchos reside en que un sistema de partidos así articulado no genere posibilidades de alteración de una agenda pública que viene poblando sus bolsillos. Muchos de los problemas de desperfilamiento (que he señalado en otros artículos de QUILT) se ahorrarían si existiese una lógica institucional de construcción de un frente político entre las fuerzas reformistas.

Cuanto más pasa el tiempo, cuantas más declaraciones hacen sus supuestos miembros, cuantas más manifestaciones políticas se escuchan y leen, este tópico aparece en su mayor relevancia. Ahora bien, si es que vamos a proponernos como algo nuevo, tenemos que mostrar que podemos empezar por ser novedosos con nuestras propias estructuras decisionales. Plantear la institucionalización del Acuerdo Progresista es un paso indiscutiblemente importante como punto de partida para una nueva etapa institucional Argentina. Esta institucionalización puede hacerse de diferentes maneras, la que a mi juicio reúne mayores ventajas es la conformación de una confederación de partidos en la que nadie renuncie a sus pertenencias previas. Otro punto importante es la cuestión central de la construcción de liderazgos. En este sentido, sería prudente la incorporación de una manera novedosa de procesar los conflictos en una nueva clave democrática que a la vez permita, genuinamente y no sólo en el discurso, la posibilidad de acumulación política por fuera de las estrictas fuerzas partidarias. Aquí, la experiencia de las primarias súper abiertas con registro individual puede ser la herramienta más revulsiva que pueda plantearse. La institucionalización permitirá elevar también la barrera social de salida de los compromisos políticos, es decir, aquella fuerza que se descomprometa con el programa del frente se descompromete también de la ciudadanía. Por otro lado, cuestión nada menor, permitirá institucionalizar democráticamente los conflictos y puede promover la existencia de equipos integrados por todas las fuerzas que ayuden a encontrar modos comunes de enunciación, de interpelación social que presenten una fuerza política distinta. El Frente institucionalizado tiene una obligación reformista ineludible con la reforma del Estado y la reforma política porque es, o debe ser, en cierta medida, el instrumento de esas reformas. Se reforma para reformar.

Es necesario hacer ya una conferencia de prensa en la que todos los referentes importantes del Frente progresista del país se presenten juntos anunciando la institucionalización del espacio y la conformación de una experiencia política nueva. Proponerse desde esa posición como opción a la ciudadanía, apelando a la necesidad de consensos amplios y marcando la agenda que reúne al nuevo espacio. Es posible imaginar, en medio de este escenario caótico e impredecible, lo que sucedería si los referentes asumen con claridad una postura de relacionamiento con la ciudadanía diciendo: “Este es el acuerdo progresista que presentamos a la Argentina para gobernar tras el kirchnerismo y vamos a construir una nueva fuerza política que de racionalidad a la política Argentina”. Algo tan elemental sería hoy un revulsivo fuerte que podría provocar un estado de politización muy importante.

En estos días, algo muestra la derrota más ostensible de la política y de sus capacidades de acuerdo y de trabajo responsable. Echar mano a la presencia de colectoras es un atajo poco democrático y empeora aún más la relación entre la política como práctica y la sociedad. Frente a este sendero empobrecido, se muestra un horizonte más difícil, más arduo, pero también más estimulante. Redemocratizar la patria desde una nueva institucionalización que deje atrás el camino de la simplificación y la mezquindad.

lunes, 11 de abril de 2011

¿Qué habrá detrás de la lluvia ególatra?

Cabe preguntarse qué quedará cuando termine la lluvia ególatra. Cuando todos dejen de pasear sus manos por la huidiza arcilla de la política argentina, ¿quedará acaso algún signo que nos permita reencontrarnos luego? ¿Habrá un héroe, individual o colectivo, después de que las horas mediocres de los acuerdos de coyuntura se agoten por su propio aburrimiento y el sencillo transcurrir del tiempo?

La política nos ha traído hasta acá y ahora no tiene ni media idea de cómo sacarnos. No nos está dado suspender el juicio lo suficiente como para no advertir que lo que es importante discutir a estas alturas no son cuestiones de detalle sino más bien cuestiones de un calado más intenso. La política, tal y cómo está, no tiene las respuestas adecuadas, carece del sentimiento y del lenguaje que hace falta para que alguien se sienta interpelado. Repite hasta el hartazgo moral y estético, palabras, fraseos y modismos incomprensibles para una persona común. Como veo las cosas, la política democrática del mañana, si quiere ser rescatada para uso de los simples mortales ciudadanos tiene que convocar una nueva imaginería, una manera novedosa de narrar los problemas y una presentación más a escala humana.

No me parece que haya nada dentro de la política en su estado actual que contenga la solución a los problemas que ella misma ha generado. Es necesario hacer conversar esa política con el arte y los artistas. Con las letras y con los escritores. Son ellos los que están en condiciones de captar la forma fuerte de un vitalismo callejero y mundano que se traduzca en novedad política. Son los diseñadores los que tienen en sus cabezas y en sus manos la potencia de describir y descubrir algo de belleza en lo que debe ser usado por todos. La metáfora es inevitable. Son los artistas contemporáneos los que mejor entienden la fragmentación y la búsqueda de sentido en medio de un universo tan rico como aparentemente contradictorio.

Pero para no conceder demasiado al esteticismo, la tarea es la de componer una novedosa manera de pensar y hacer la política que contenga el discurso creativo del arte y la literatura al tiempo que construye con ese material una hipótesis creativa de conflicto y de institución de poder. No se trata de hablar más bello, sino de intentar ser más justos aplicando un lenguaje cargado de la belleza que sólo puede tener el futuro. Estoy seguro de que mucha de la acritud del discurso político actual no resiste un segundo la apelación a la esperanza social contenida en un buen inicio de cuento, en un primer capítulo de una novela, en una primera pincelada, en una nota justa o en buen golpe de buril sobre una piedra. ¿Qué sucederá si radicalizamos nuestra capacidad de experimentación política ayudados por las herramientas del arte y de la creación?

Quiero advertir, a quién tenga por un momento la pretensión de leer esto con la indulgencia que es propia de los ignorantes, que en la historia humana, en sus tradiciones y en sus mejores hombres y mujeres, la relación entre la belleza y la virtud pública no es un tema menor. Se puede adscribir a la familia de ideas que se crea más interesante o más acomodada, cualquiera de ellas habrá dedicado un párrafo a esta cuestión. En lo que a mí respecta, me interesa la narrativa liberal de la democracia, esa que de la mano de Dewey describió con mano de artista el camino igualitario de la experiencia colectiva.

domingo, 27 de marzo de 2011

Ni Clarín ni La Nación, el problema es de perfil

La política argentina está teniendo problemas si se la mira de perfil. No es que no los tenga si es mirada de frente, pero se agravan al tiempo de observar cómo, con qué actitudes, con qué lógicas y qué tipos de acuerdos se proponen las distintas fuerzas políticas. Cualquier mortal, aún aquél que se mantenga alejado de la política, está en condiciones de advertir que los perfiles se han desdibujado hasta llegar a su parodia.

Se podrá decir que no es un problema nuevo. Se podrá argumentar que los trabajadores siempre estuvieron representados por la derecha, que los liberales fueron casi fascistas o que dentro del peronismo entra desde Rosa Luxemburgo hasta Lopez Rega pasando por Laclau. Pero eso, ya se sabe, es en cierto modo el reino de la historia. Dejémoslo para los historiadores, que los hay y muy buenos.

La actualización del dilema del desperfilamiento (raro vocablo) viene ahora de la mano de las expresiones políticas cercanas a lo que se conoce, a falta de un mejor retrato, como el progresismo. De un tiempo a esta parte todo parece posible, en términos de nombres propios, fuerzas políticas y acuerdos electorales en las orillas de la centroizquierda. Las listas para las próximas elecciones pueden contener casi cualquier combinación, desde las más vulgares hasta las más imaginativas.

En el país del mundo donde es más sencillo y cuesta menos alcanzar el carnet de progresista, los partidos y agrupaciones de la izquierda moderada juegan descaradamente el mismo juego que siempre le señalaron, por su inmoralidad, a la derecha. Marxistas a lo Groucho, si las encuestas dicen que la ciudadanía no los quiere para este distrito, se presentarán en otro. Si esas mismas encuestas dicen que no a Diputado, pueden decir que si a Presidente o a Legislador. Muchos incluso utilizan el poder de los medios, que transcriben el sesudo y empeñoso trabajo de las consultoras fabricando candidaturas con una facilidad y una puerilidad pasmosa.

Por mucho que nos duela a quienes pertenecemos de algún modo a este continente político, sus prácticas institucionales, sus lógicas de resolución de conflictos y sus esquemas de liderazgos son los más conservadores de la política argentina a lo que se suma, en estos tiempos, los problemas de perfil.

Hay otra interpretación, complementaria y a la vez más angustiosa. De ella se desprende que, en realidad todo es posible porque es también mentira. Que en realidad nadie quiere hacer realmente lo que dice que quiere hacer. Tal vez no sea equivocado del todo pensar que nadie o casi nadie quiere en serio institucionalizar un frente progresista sino que la pretensión es salir lo mejor parado posible, en términos de cargos, de la próxima elección. Sólo así puede explicarse que se antepongan delirantes amalgamas antes que pensar en racionales y hospitalarios acuerdos que permitan convivir a maneras de percibir el mundo no siempre coincidentes. Tal vez no sea tarde para suplantar embrollos temporales por acuerdos de principios y de objetivos. Tal vez nos quede tiempo como para pensar en conjunto qué tipo de sociedad queremos para nosotros y para los que vienen. Si queremos una sociedad abierta y cosmopolita o cerrada sobre sí misma, una sociedad que genere posibilidades de superación personal o una que lucre con la pobreza como componente conceptual de su razón de ser política.

Hay que trabajar mucho y rápido. Estamos demasiado cerca de que la ausencia de inteligencia y la falta de un programa de mediano y largo plazo que permita orientar a propios y extraños en la construcción de una esperanza política de izquierda democrática se constituyan en la antesala de un escenario en donde sea el peronismo en sus dos versiones, como Jano, quién decida sobre el futuro.

lunes, 21 de marzo de 2011

La inútil idea de militante

La relación entre el destino y la construcción de la propia vida es un tema político central. Una de las maneras en que podemos escapar de un destino prefijado es el de intentar por todos los medios no terminar hablando la lengua del que nos propone algo que no queremos. Casi estoy tentado a pensar que el pensamiento sobre la democracia podría ser simplificado en esta fórmula. Hay una pregunta, surgida en la discusión con los comentaristas de QUILT, que me ha estado rondando, generando una sensación tan molesta como difícil de ubicar. La pregunta es, analizando la escena política argentina, la siguiente, ¿Es posible una sociedad civil y algún tipo de lazo comunitario por fuera de la omnipotencia política-clientelar?

Mi respuesta es que sí y, aún más, no encuentro ningún impedimento ni epistemológico ni político para que eso suceda. Casi diría que la existencia de nuestra sociedad por fuera de esos lazos clientelares que el populismo nos presenta como un destino inevitable, abre las puertas a la salud de la democracia. A estas alturas, me parece prudente dejar de hablar el dialecto populista que no se avergüenza en resumir toda actividad social a la política. Pensar la política de modo exclusivista en términos de generación colectiva lleva a empequeñecer la idea misma de sociedad civil y, además, le genera a la propia práctica de la política un peso adicional que la vuelve contra sí misma y la asfixia. Imaginemos por un momento una sociedad que no necesita la política para conversar y que no requiere del Estado para existir. En lo que a mí respecta me parece excelente. Si encima logramos entre todos que esas personas sean medianamente felices y dediquen un poco de su tiempo libre para mirar los asuntos públicos, la vida de la democracia sólo puede mejorar.

La persistencia en la justificación del lazo social y la comunidad en términos de política clientelar prepara, a veces inadvertidamente, el camino para arribar a la idea de que es deseable una sociedad de militantes. Y aquí creo que hay un punto muy fuerte. La política argentina, las más de las veces por pereza intelectual, fracasa al apelar a viejas soluciones para encarar los nuevos problemas. A la evidente falta de solidaridad que vive la Argentina, a la indisimulable fractura que sufrimos como sociedad, los políticos argentinos, todos, los buenos y los malos, le responden con la necesidad de "compromiso militante" o con apelaciones del tipo "milito, luego existo". Estos enunciado están destinados al vacío, muy poca gente se siente hoy interpelada por semejante invocación al renunciamiento subjetivo. En las sociedades abiertas el lazo social y comunitario se genera por fuera de la política. Estas formas asociativas, luego y con un poco de fortuna, se involucran con las cuestiones públicas bajo la fórmula rortyana, es decir, de jueves a domingo dejando el resto de la semana para ocuparse de sus asuntos privados. Y los pragmatistas sabemos que está bien así, por más que en la práctica se nos hiele el alma por no poder intervenir todo lo que quisiéramos.

viernes, 18 de marzo de 2011

El extraño caso de la epogé kirchnerista

La epogé, en pocas palabras, supone la suspensión temporal del juicio. Esta actitud permitiría, en principio, un acceso al objeto más riguroso, más acabado y libre de interpretaciones prejuiciosas e intencionadas.

El kirchnerismo, entendido como la fracción del peronismo que gobierna pero también como la miríada de voces que conforman su universo simbólico, ha puesto en marcha una extraña manera de entender la epogé que supone lo siguiente: Todos los hechos, políticas, decisiones, enunciados, propuestas y declaraciones que son obra del gobierno deben suspenderse cuando se analiza la realidad del país.

Bajo el imperio de semejante despropósito filosófico y político, el kirchnerismo se obstina en hablar del poder sin hablar de su uso del Estado y nos obliga a todos a participar de algún modo de su lucha sin cuartel contra el “el dispositivo mediático” al tiempo que deja fuera del análisis al holding con dirección estatal que generó desde el poder público.

Para el Gobierno el actual estado de cosas no incluye a sus propios actos. Las cosas son como son por obra del pasado, de las corporaciones, del poder y de los medios. El planteo del enorme poder de lo que llaman corporaciones merece una discusión democrática, pero es indispensable llevarla adelante contemplando también el enorme poder material y simbólico que tiene en nuestro país la figura del Estado. Esto debe hacerse, sobre todo, para reforzarlo y colocarlo en el lugar que le corresponde en una sociedad desigual, que es el lugar de los más débiles, de los que sufren la crueldad de los poderosos, incluso del propio Estado.

En el mismo sentido, cuando se sostiene permanentemente una hipotética construcción identitaria del gobierno afirmada en la lucha contra las corporaciones, llama la atención la invisibilidad de la discusión sobre el poder sindical. El gobierno minimiza su complicidad en los excesos de poder económico y político de los sindicatos al mismo tiempo que se desgañita hablando en contra de los poderes facciosos. Mentando la soga en casa del ahorcado, insiste en que el problema es la SRA (que puede ser cierto), Clarín y algunos jueces pero se sienta con Moyano y Pedraza sin importarle ni su estatura ética ni los perjuicios que su enorme cuota de poder tienen para la democracia argentina. Si tan ocupado está el gobierno en defenderse del embate faccioso, puede empezar resolviendo qué hacer con el poder sindical en lugar de constituirse en cómplice de sus negocios inexplicables y de sus aprietes autoritarios. Esto no será posible si el gobierno insiste en sustraerse a sí mismo en la caracterización de los problemas.

La caprichosa epogé del gobierno asume su punto más alto y demostrativo en la discusión sobre los medios y su relación con la política. El gobierno insiste en que se encuentra en una lucha sin cuartel frente a lo que sus adherente han denominado “el dispositivo mediático”. Esta dudosísima apelación pretende delinear el espacio de medios que trabajan para el fracaso de las políticas nacionales y populares. A estas alturas no interesa demasiado el tratamiento histórico del tema o su verosimilitud, lo cierto es que una de las banderas del gobierno desde hace un tiempo es su “lucha” contra el poder de los medios que no le son afines. Nadie puede discutir que la relación entre los medios y la experiencia política democrática admite cada vez más complejidades y que su tratamiento reflexivo es casi una imposición del presente. Increíblemente, el kirchnerismo insiste en darle importancia a este debate con tanta fiereza como la que utiliza para negarse a incluir al grupo de empresas periodísticas que han sido creadas o compradas para “defender” al “modelo”. La pregunta se impone con fuerza en tanto el gobierno se posiciona pretendiendo convertirse en un fenómeno mítico-cultural en lucha por la hegemonía, ¿Cómo puede sostenerse intelectualmente una problematización acerca de la cuestión de la relación entre la política democrática y los medios de comunicación sin tener en cuenta casos como los de Tiempo Argentino y el grupo de medios que generó el gobierno?

Hay varias maneras de responder a esta pregunta, una es que el gobierno ha leído mal a Husserl y a Schultz, la otra es que el perverso juego de tergiversaciones y suplantaciones que es el Kirchnerismo nos obliga a todos a consumir una ración de cinismo que francamente podríamos evitarnos. Y encima viene en el frasco de la reivindicación popular.