
Una elección es, afortunadamente, mucho más que la distribución en bancas de la voluntad ciudadana. Alrededor de las elecciones se amuchan una cantidad de relatos, de palabras y acciones que enriquecen la experiencia. Las elecciones en la CABA, o más bien las reacciones que esta ha generado, dan espacio para pensar. Luego de advertir acerca de lo obvio, que el PRO obtuvo su ratificación con más votos que en la elección anterior, hay que decir que algunas de las maneras en que se trata la cuestión han revelado su insuficiencia. Insistir con que el macrismo se reduce a un ejercicio de globología amarilla sin política es de una simplificación aplastante. Pensar al PRO como a un conjunto de muchachos bien que se juntan a bailar tras ganar una elección o como a una continuación sin fisura del neoliberalismo de estilo menemista, demuestra, más que cualquier otra cosa, la estatura del análisis. Un paso más lejos, las observaciones más temerarias, aquellas que emparentan a Macri y su partido con el fascismo y hasta con el nazismo, revelan que muchos habitantes de la hipotética constelación izquierdista, por carecer de una sola idea, recurren a una simbología reconocible y odiable que los mantiene tranquilos y sosegados en su posición política.
El PRO es muchas cosas, sobre todo un mal gobierno, pero no es, como le encantaría que fuese al progresismo profesional, un ejercicio apolítico. El PRO hace muchos años que viene trabajando sobre la desilusión propuesta por los grandes partidos y sobre el fracaso administrativo y ético de las gestiones anteriores. Hace rato que el PRO camina el sur de la Ciudad en busca de la representación, tan compleja como certera, de los punteros del peronismo. También hace tiempo que se aprovecha de las sinuosas identidades y conductas de parte del radicalismo. Y también ha sabido generar algunos espacios de construcción de ideas, bajo la forma de fundaciones y equipo técnicos. Se ha dado también una política, artera, clientelar y populista para las elecciones en las villas. Hace demasiado tiempo que el PRO se aprovecha de las debilidades de sus adversarios, de su falta de ideas y de su falta de compromiso con la novedad. Se aprovecha el PRO de la mezquindad ruinosa del progresismo de la Ciudad y de su declinante manera de resolver los liderazgos.
El PRO, en la Ciudad de Buenos Aires, tiene una oposición, que se presume y se ve a si misma, se encanta a si misma, como progresista. Las más de las veces, como en las viejas cofradías barriales, los miembros de esa oposición, aún cuando estén en distintos partidos, se miran, cómplices, se guiñan el ojo –izquierdo- frente a las cosas que hacen los de PRO. En ese jueguito placentero, individual, mucha de la oposición oculta la responsabilidad que le cabe en que el PRO gobierne desde hace cuatro años y lo haga por cuatro más.
La actual oposición gobernó una década, hizo cosas buenas y otras no tanto, como cualquier gobierno, pero nunca, -este pareciera ser la primera ley en el decálogo no escrito de la progresía argentina- hizo una autocrítica seria, llevada a la práctica y concreta sobre su paso por el gobierno. Basta mirar los diarios de 2003 y buscar los personajes políticos de la ciudad, salvo lo que se murieron, están los mismos disputando los mismo lugares. Despojados del mínimo grado de responsabilidad política, personajes que formaron parte de un espacio político cuya inoperancia y corrupción cobró vidas de un modo tan absurdo como brutal, se colocan en el lugar de “armadores”, de privilegiados actores de una trama mal escrita y pésimamente rematada.
Otros, más enjundiosos, eligen posar de líderes populares, pasan de un lugarcito caliente a otro como para no perder temperatura y se aseguran que nadie les diga nada, no hay que lastimar la sensibilidad popular del luchador. La cultura, siempre de izquierda la cultura, acompaña, se asquea, se pone blasfema, dibuja mal, guiona peor, desafina hasta lastimar el tímpano. Pero eso sí, los unos y los otros del progrerío hacen fila para tomarse la temperatura espiritual. Cuando les llega su turno certifican haber hablado mal de la derecha, haber presentado este o aquel amparo, haberse opuesto a la iniciativa que profundizaba no sé qué cosa.
En la última elección el PRO obtuvo el 65% de los votos gracias a otra genialidad progresista. Si descansaran un poco, no estaría mal.
La política de la Ciudad de Buenos Aires está muy complicada y hacer esfuerzos para simplificar los análisis no parece un gran negocio. La oligarquización y la miopía de las dirigencias de los partidos del progrerío y la desaparición del radicalismo como fuerza que sostenía un ideario variado pero finalmente republicano y liberal no muestran demasiadas expectativas para el futuro.
Habrá que ver como se enhebran los esfuerzos para juntar a los mejores, es decir, a los que no se creen mejores que el resto. Habrá que juntar a los que quieren compartir una experiencia sin excluir de antemano y sin cerrar listas antes de empezar. Los que estén seguros que son mejores que los demás, que se vayan a dormir la siesta. Hay que discutir la política de la CABA en oposición a un macrismo que tiene un respaldo popular enorme y justificado. Deberemos ampliar mucho la mirada, discutir menos desde una posición moral y admitir que tenemos frente a nosotros una forma política. De lo contrario va a resultar difícil, y hasta frustrante.





