sábado, 19 de noviembre de 2011

Unas notas sobre la vieja tensión entre sindicalismo y política

En las últimas semanas me topé varias veces con una caracterización bastante curiosa. Curiosa porque estaba encarnada por personajes de muy dificultosa asimilación y curiosa por su extrema similitud. Desde Roberto Gargarella hasta analistas económicos y políticos cercanos a posiciones que pueden calificarse de republicanas coinciden en que el nudo del problema político se encuentra hoy en el campo sindical. Unos y otros acuden a una simplificación que termina tomando la forma de una similitud estilística. A falta de una definición mejor, todos hablan de “batalla”. Más allá de la exageración beligerante, la cuestión de fondo, me parece, promueve alguna discusión.

Como toda cosa política tiene una dimensión histórica. Sin ánimo de colocarme en el interior de una disciplina ajena, puede darnos una cierta pista recorrer los momentos de la historia en los que esta situación de superposición de poder entre sindicatos y política tuvo expresiones importantes. Tanto en el 46, como en los momentos de la llamada resistencia peronista, los radicalizados años 70 y el neoliberalismo de los noventa, esta disputa entre poder sindical y poder político se nos volvió evidente. En todos estos casos, aún en el reconocimiento de los matices, la resolución no pude ser de otro modo que política. Más allá de la capacidad relativa de impugnación que el campo sindical pudo tener en cada momento de la historia, las tensiones se resolvieron en el único terreno que puede hacerse, en el de la política.
Una de las tendencias más importantes que deja el kirchnerismo como marca cultural es el haberle impreso a la caracterización política, y me refiero a lo analítico y también a lo práctico, una unicidad agonal. La confrontación ínsita en toda construcción populista ha encontrado en mucha gente un espacio de comodidad y se ha instalado como la verdad número veintiuno de los textos sagrados peronistas. La política es su conflicto, parecen decir, y a partir de allí, donde se identifica el uno, emerge lo otro. Aún cuando aparezca hoy como un sedimento de la enunciación política, esto no es enteramente cierto ya que excluye del análisis de lo político como experiencia, a factores tan instituyentes como el diálogo, el acuerdo, la colaboración y, sobre todo la pedagogía y la creatividad.

Y aquí hay otro punto. Pensando lo sindical como el único campo de discusión política se corre el severo riesgo de empequeñecer la dimensión política. Lo sindical, remite, casi definicionalmente, a la expresión de un interés particularísimo y, por rutina, se despliega sobre posiciones, para decirlo de algún modo, “cerradas”. Estos elementos resultan casi opuestos a los que componen una experiencia de política democrática, en donde priman la deliberación, el pluralismo y la apertura. Casi podría decirse que los espacios sindical y político están hechos de materiales distintos y sus productos son también distintos. Mientras la política, por lo general, y casi por su propia rutina, hace visible lo social y genera, aún resultando fallida, una amplificación del discurso, lo sindical tiende a bajar esta amplificación y concentrarse en una cerrazón interesada y específica. Distinguir en el campo sindical el lugar de la tensión política, por tanto, puede inadvertidamente empequeñecer la vida política y de la democracia. Por un lado confundiendo conflicto con política y por el otro, otorgando a una práctica naturalmente cerrada sobre sí misma una dotación instituyente que difícilmente proponga.

No creo  que quienes identifican  de este modo la relación entre sindicatos y política lo hagan por falta de agudeza intelectual, todo lo contrario. Tal vez, una de las interpretaciones pueda estar ligada a la dificultad para desmontar la patética escena política argentina y sacudirse de la resignación. Muy probablemente, a falta de la presencia vital de una conversación democrática, sobreviene la resignación y se termina percibiendo política allí donde sólo hay conflicto.

Esto es mucho más un problema que un error. Muy probablemente, no sea otra cosa que esas cegueras temporales que aparecen en el camino, en las rutas, cuando el sol nos pega de frente. Tal vez la refulgente potencia del populismo, mezclada con la ausencia lacerante de creatividad en la oposición política, nos esté privando de la posibilidad de pensar la política como un espacio más de la creación autónoma de la interpretación.

viernes, 28 de octubre de 2011

Política habrá siempre, necesita de militantes, no de poetas

Política siempre va a haber. Si se la piensa como un juego en el que grupos, corporaciones, poderosos y débiles definen el territorio en el cual desplegar sus conflictos y donde hacer valer su poder localizado y episódico, política siempre va a haber. Desde un punto de vista institucional, desde un lugar en donde las rutinas se cumplen y donde algún tipo de reglas del juego son mínimamente compartidas, la política, tal vez, viva para siempre. Pero si la preocupación avanza un poco más y se encuentra con la democracia, el tema se convierte en algo más complejo. La democracia, además de todas las dimensiones que conforman lo político, implica también una forma de experiencia. Para pervivir, la democracia necesita de su propia condición crítica y de su propia reformulación permanente y creativa. Es por eso que la gran diferencia entre la política y la democracia reside en el valor de las palabras. Es mediante las palabras que las ideas se montan sobre lo concreto y se convierten en una acción que puede cambiar las cosas e inventar escenarios. El territorio de la democracia es la palabra. Sin darle espacio a las palabras, la democracia pierde plaza, se debilita y languidece hasta la desaparición.

Creo que esta puede ser una buena manera de entender la pequeñez de nuestra democracia. Por estos lugares las palabras no tienen ningún valor, no sirven para cambiar nada. Así de sencillo. Los argumentos, las buenas razones, la poesía, una idea novedosa, cede siempre su potencia frente a la banalidad de los egos magnificados de los intérpretes centrales de nuestra vida política y frente a la dimensión agonal de lo político. Esta debilidad en la relación con las palabras tiene mil caras. En Argentina no hay el debate presidencial. Lo que resulta lógico y razonable en una democracia estabilizada en nuestro país es imposible. Hay una suerte de compartida tontería que toma la forma de la frase, “el que gana no discute”. Tampoco hay palabras en el páramo discursivo de la oposición política al gobierno kirchnerista. En campaña, los gritos, las alusiones milagreras y las torpezas comunicativas son hijas de la desvalorización general de la palabra en la que cualquiera puede decir lo que se le antoje porque la herramienta del mensaje es, de partida, inválida.
Se puede haber sido kirchnerista hasta sólo quince minutos y ahora ser opositor y se hace posible sostener el apoyo al gobierno “por izquierda” en el mismo territorio que gobierna Scioli. Si la palabra valiese aunque sea un céntimo, no sería posible decir que la pobreza es igual a la del menemismo pero tampoco que el Estado no hizo nada en materia de derechos humanos hasta que Kirchner dijo “proceda” en la bajadita del cuadro. Se banaliza el mal, haciéndolo pasar por el bien.

El lamento es propio de personajes menores, de miserables huidizos, miedosos y poco interesantes. Habrá que ver qué se hace con las palabras que nos quedan, con aquellas que nuestra política no quiere utilizar. Habrá que hilvanar a los que trabajan con las palabras, para crear el léxico distintivo de la futura vida en común. Sin palabras no se puede generar mundos.
Si hay algo sabido es que los mensajes democráticos son claros, sencillos, no son ni verdaderos ni morales, pero son entendibles, generosos y abiertos. ¿Cuánto podrá resistir una democracia en la que las palabras no valen nada?

martes, 25 de octubre de 2011

Una linda charla en la CNN santafecina



Lunes, después del domingo de elecciones. Me llamó Gonzalo Fernandez y me puso al aire en el programa de Fabiana Suarez. Salió una muy linda charla. Aquí se las dejo, no es muy larga y la calidad del sonido es excelente.

viernes, 21 de octubre de 2011

Otra charla con Franco Rinaldi en Francotransmisor por radio UBA

Aquí le dejo el audio de la charla de esta semana con franco Rinaldi en su Chou radial. Hablamos un poco de todo, de política, de Moreno, de la Universidad y del  saber y el amor a conocer cosas nuevas. Son veintitantos minutos.

lunes, 3 de octubre de 2011

Charla sobre Laclau y el desprecio

Aquí está el audio de la entrevista que me hizo Franco Rinaldi en su excelente programa, Francotransmisor, en relación con mi artículo sobre la entrevista a Ernesto Laclau


domingo, 2 de octubre de 2011

El desprecio


Termino de leer la entrevista que el inexplicable diario Página12 le hace, como todos los años, a Ernesto Laclau. La sensación es ambigua. Por un lado, nada nuevo, las mismas torpezas conceptuales de siempre, revestidas de cierto coyunturismo que lo mantiene a salvo de las rigurosidades propias de una crítica teórica, y por el otro, el desparpajo político de saberse resguardado por el diario, por el gobierno y hasta por la patria intelectual.

En otras giras, el filósofo aseguró que lo que la Argentina necesitaba era más canal 7 y más Página12. Agradecidos, los directores del pasquín le mandaron a Ailin Bullentini a que le hiciera unos mimos que serían publicados en la prestigiosa edición dominical.
Laclau es un hombre astuto, no dice cualquier cosa en cualquier lugar. Cuando visita Estados Unidos como profesor invitado debate con Zizek, con Simon Critchley, habla de sus viejas glorias teóricas y dicta seminarios sobre análisis del discurso. Cuando viene a la Argentina, nos anuncia que, según él, “la oposición ha hecho un papel patético en el país durante los últimos dos años”. Luego de una afirmación tan reveladora, el Laclau “a la argentina” comienza a desgranar una serie de consideraciones políticas arriesgadas, casi temerarias.

Sostiene Laclau que el Kirchnerismo rompió la matriz histórica del peronismo. Luego que hay que rescatar la transversalidad pero “no desde arriba”, sino “de base”, como Sabatella. Se esperanza Laclau con “La Cámpora” y cree que puede representar cosas muy importantes en la política argentina de los próximos años. Sostiene Laclau que el gobernador santafecino Hermes Binner representa una “derecha decorosa” y arriesga, a modo de enloquecido futurista, que puede establecer una alianza con Mauricio Macri. Nos alerta, eso sí, que esa posibilidad aparece, por ahora, imposible. Inmediatamente, sostiene que Binner coquetea con Cristina y asegura que en el caso de no poder articularse por sus propios medios, la oposición debería ser diseñada por el propio kirchnerismo, ya que, como cualquiera sabe, en democracia, una oposición hay que tener. Como broche de oro, sostiene Laclau que Tomada, Rossi y Boudou son cuadros interesantes y que hay que modificar la constitución. La versión nacional y popular de Laclau termina con un implacable llamamiento a la reelección indefinida como registro particular de nuestra democracia.

Puestas todas en un párrafo parecen un exceso. Y ciertamente lo son, pero no sólo en el terreno de la teoría y de la política. Lo que queda de la lectura de las intervenciones políticas de Laclau es que desprecia profundamente a la Argentina. La maltrata cada vez que viene con postulaciones torpes, inescrupulosas y antidemocráticas que sostiene casi sin contraparte y con la seguridad de mezclar su autorización académica con ademanes de un barrabrava que sabe que no lo van a tocar porque tiene la debida protección. Causa realmente curiosidad ver cómo este desprecio encuentra tantos seguidores y aduladores y tan pocos espacios críticos.