sábado, 12 de marzo de 2011

Diarios

Ocurre casi siempre. La lectura de la sección política de los diarios en Argentina es desoladora. Es como un ejemplo de mala literatura, puede pasar cualquier cosa pero nunca se llega a la belleza. Los personajes van cambiando, pero siempre hay alguno que encarna la cotidianeidad de arruinarlo todo. Como en esas comedias baratas que se arman para el veraneo, los personajes entran y salen, se esconden para que otros (los ciudadanos) no los vean, se engañan, mienten y ponen cara de falsos pícaros, se casan y descasan. No es un juego, es una trampa. Todo, absolutamente todo, puede ser posible, sólo hay que esperar un ratito. Con un poco de paciencia el maldecido espectador se encontrará con la pobre sorpresa, con el escándalo vano.

Hoy, como aquella mañana en el Bar El Comercial, de la glorieta de Bilbao, en Madrid, (alguna vez terminaré de contar ese encuentro) descubrí que AMM tiene razón. Realmente hay algo de cierto en esa comunidad imaginada de la que me habló y su nota de hoy en Babelia tiene la fortaleza de una prueba irrefutable. Usando dos películas como ariete, Antonio descubre su mirada sensible sobre la política de un modo brutal y sencillo. Lo hace bajo el signo de una pregunta que también es común, ¿porqué no podemos hacer algunas cosas que otros si hacen?

jueves, 10 de marzo de 2011

La coherencia macrista

El 8 de Julio del año pasado escribí una nota en QUILT acerca de las morosidades del macrismo sobre la reforma política en la Ciudad. Desde allí hasta ahora, el macrismo se ha mostrado como una fuerza política de una vigorosa aunque discutible coherencia. Más allá de la novedad de la mención por parte del Jefe de Gobierno acerca de la reforma política en el siempre escueto mensaje de apertura de sesiones legislativas, el desprecio genérico hacia cualquier cuota de respeto sobre las decisiones populares (que eso es una elección y no un instante de la historia donde se deciden los ingresos de políticos profesionales) se mantiene intacto.

En esta oportunidad su manifestación concreta nos remite a la voluntad oficialista, expresada por macristas y kirchneristas (también hay que reconocer coherencia en este matrimonio) que se obstinan en que las elecciones sean unificadas y para la totalidad de los cargos. Los argumentos han variado con el paso del tiempo y han mutado a medida que revelaban sus inconsistencias o que quedaban desusados, como la piel de una serpiente. Al principio fue el costo, luego una súbita preocupación por el tiempo libre de los ciudadanos de la ciudad y ahora una apelación a la racionalidad.

En el camino de la coherencia hay que señalar que la única preocupación de las fuerzas políticas que sostienen esta posición es la de sus propios intereses. Nada que anime una cierta vocación por la autonomía de la ciudad, por el respeto a la voluntad popular, por la necesaria discusión de los temas locales, puede sostenerse cuando se promueve una elección con ocho categorías simultáneas. Es cierto que el sistema político de la ciudad no se ahorró nada para bastardear hasta convertirlo en una mueca al proceso descentralizador que plantean las comunas, pero no es menos cierto que es un mandato constitucional y que es un proceso colectivo que puede mejorarse con el tiempo. Tampoco es raro que quieran hacerlo cuando siempre, en todas las ocasiones, se demuestra que el calendario electoral actúa como un laberinto intrincado, sujeto a caprichos interesados.

Todo esto bajo el gobierno de una fuerza política que impugno el camino de la novedad a fuerza de tergiversaciones y con un peronismo que “actúa” de oposición al tiempo que es la rueda de auxilio parlamentaria del macrismo.

Que el estado de la discusión se resuma a la fijación del calendario demuestra el escaso interés por parte de las fuerzas mayoritarias, de gobierno y de oposición, por plantear una agenda de reformas. No es raro, hace más de diez años que me toca participar en discusiones, exponer en programas y redactar proyectos para que nunca pase nada o peor aún, la discusión retroceda varias casillas en cada tirada de dados de la política. Pero no sólo eso demuestra, también un profundo desprecio por la calidad institucional y por los problemas de la ciudad.

Hay una manera en que los políticos profesionales podrían demostrarle al resto de los mortales que quieren hacer las cosas de otro modo. Es necesario discutir con amplitud y seriedad una reforma política en la Ciudad. Estamos tan atrás, que obliga a decir que el principio de ese debate debe terminar fijando un calendario electoral inamovible y abandonar la idea de andar haciendo alquimias electorales inentendibles.

lunes, 7 de marzo de 2011

Desierto

Terminé de leer el Perfil del domingo. Quintín y Lanata se parecen un poco en su pesimismo refinado y ciertamente alegórico. Uno y otro reconocen algo, insinúan algo, que se puede compartir. Una especie de ahogo, de sofocación intelectual y de la opinión que nos hace preguntar por las audiencias, por quiénes escucharán, por quiénes leerán. Parece burla, pero de tanto hablar contra el pensamiento único algunos terminaron siendo sus comisarios, hablando en prosa sin saberlo. Los que no dábamos tanta importancia al asunto, confiados en la pluralidad, casi en el automatismo de la virtud democrática, terminamos enroscados discutiendo cosas que no queremos con tipos que no nos interesan. Y encima, con la sensación de pérdida irreparable que sólo deja posibilidades de redención personal. Alguno se irá a Boston, otro a San Clemente y los demás al lugar de sus sueños, pero la construcción colectiva de alguna cosa que se parezca a lo que queremos debe esperar hasta que los censores, los que tienen como primer reflejo el prohibir lo que no les gusta, los que anatemizan y reprenden nos dejen un lugarcito desde donde sacar los brazos como aspas, para ver si alguien descubre nuestra pequeña presencia.

domingo, 6 de marzo de 2011

Tiempo Argentino Miente

Domingo, temprano para un domingo, empiezo a mirar los diarios por Internet. Y digo mirar, porque leer, lo que se dice leer, no es. Cuando termino con los diarios serios, me voy a algunos blogs. Después de los blogs, a los diarios menos serios, hasta llegar a ese bochorno que es Tiempo Argentino. Recorrerlo es una editorial completa de lo que piensa la cultura nacional y popular sobre el género humano. Y , lo que es ya una marca del kirchnerismo, cazan en el zoológico, con lo que la conclusión a la que se llega es que piensan así, sobre todo de los que lo siguen y no de los opositores. Nadie en su sano juicio, y sé lo que estoy diciendo, lee este pasquín a menos que quiera escuchar la música del canto kirchnerista.

Pero algo leí que me llamó aún más la atención que lo de siempre. En un título destacado, pero también escondido de su versión digital el periódico promete a sus lectores, “Polémica de dos escritores sobre la última dictadura militar argentina” y presentaban una polémica entre Mario Vargas Llosa y Juan José Saer. La bajada de la nota decía, textualmente, “En 1995, el Premio Nobel de Literatura publicó en El país un artículo sobre las escalofriantes confesiones de los militares que participaron de la represión sangrienta. El autor de Glosa, indignado, le contestó públicamente. “

Me extrañó lo suficiente como para adentrarme en la nota para ver que decía. Quería ver cuál había sido el tono de un debate que me perdí y que seguro me interesa.

Grande mi sorpresa, Saer en ningún momento se muestra “indignado” con Mario Vargas Llosa, mucho menos que eso, utiliza el artículo del peruano en El País, de Madrid, para pensar y profundizar sobre la dictadura argentina. Adjudica responsabilidades, asume limitaciones y hace un inteligente reconocimiento del estado social de la Argentina que promovió, admitió y sufrió el último golpe de Estado, Pero nada malo sobre el último premio Nobel. Eso sí, con justicia, Saer dedica un párrafo demoledor a la cultura política de la violencia, a Montoneros, a ERP y a sus obvias responsabilidades en lo que la historia luego derramó sobre la totalidad de los argentinos.

No es que, ni por un momento, hubiera pensado que un diario como Tiempo Argentino podría jugar con limpieza, pero me parece demostrativo del desprecio hacia sus lectores y, además, expone lo que sucede cuando se trata el tema de la opinión y el derecho a la comunicación con la suficiente banalidad. Otro capítulo merece el de la construcción ficcional de un pasado, un presente y un futuro, materia en la que el Gobierno es, claramente, el mejor alumno.


jueves, 3 de marzo de 2011

Escenas de la vida autoritaria

Escena uno: Libia

El desenlace del episodio de rebelión popular en Libia no admite conjeturas ni permite extralimitarse en las consideraciones positivas. Hay mucho zafarrancho interno y externo como para que alguien reconozca quiénes son los buenos. Pero hay una cosa que es evidente, el régimen Libio es de opresión, sojuzgamiento y muerte. Es un régimen que emplea la censura, la violencia y la tortura contra los opositores y un régimen que se sostiene en una envilecida relación entre la política y el fanatismo religioso. En el presente el país se encuentra en un estado de tremenda desolación y los opositores son tratados “como ratas” al decir del dictador Kadafi. En la última semana 69.000 personas con estatus de refugiados abandonaron Libia

Escena dos: Sanción económica para una consultora privada que difundió datos propios sobre la inflación.

El gobierno que miente descaradamente sobre los índices de costo de vida y evaluación de los precios multó con 500.000 pesos a una consultora privada que difundió un trabajo propio de medición que, obviamente, discutía los números oficiales. Una estrategia abusiva, autoritaria, intimidatoria y cobarde se ejecuta desde el Estado a un particular con un motivo directamente vinculado a una política pública defendida por el Gobierno. No se trata de lealtad comercial o de una razonable injerencia estatal en términos de control sino que es una actitud violenta, censuradora y torpe del Estado Nacional representado por el Gobierno.

Escena tres: Intelectuales Kirchneristas no quieren que Vargas Llosa abra la Feria del Libro. A la presidente le parece mucho y los intelectuales se retractan

Apasionante muestra gratis (¿) de inoperancia intelectual y pusilanimidad militante, este episodio hace ostensible la estatura de los participantes. Primero, las argumentaciones de Horacio González contra Vargas Llosa, bastante lejos de su florida aunque criptica prosa, demostraron una fortísima inclinación autoritaria. Lo siguieron Forster, claro está, reafirmando el carácter nacional del pedido de “corrimiento” (hasta allí el temperamento democrático) del Nobel literato. Pero, qué pasó? A la presidenta le pareció mucho y les ordenó bajar el tono y retirar el pedido. Y que hicieron ellos? Bajaron el pedido, dejando muy en claro cuál es su talante militante, y cuál su grado de obsecuencia y falta de criterio personal. La verdad es qué, aún con la barbaridad que contiene el pedido original, de seguro respondía a una interpretación sustentada. Lo único digno era quedarse en esa posición y bancarse la que venga, con la separación del cargo incluída, en el caso de Gonzalez. Imaginemos por un momento que alguno de los héroes de nuestros intelectuales hubieran obrado igual que ellos, casi no existiría bibliografía en las carreras humanísticas. Imaginemos al mismísimo Gramsci (seguramente admirado por Carta Abierta), obedeciendo dócilmente las órdenes políticas de un jerarca del partido comunista.

Estas tres escenas, disímiles en densidad, importancia y grandeza, se unen en un punto. En los tres casos no hubo una respuesta rápida, concreta y firme de ningún actor político relevante de la oposición. Con la excepción de Margarita Stolbizer, que días después pidió al Gobierno que rompiera relaciones diplomáticas con Libia, ninguno de los candidatos a presidente, por ejemplo, se expresó repudiando la situación. Al Gobierno le bastó un tímido muestreo de preocupación y a los partidos (me refiero a sus órganos institucionales) no les pareció un tema sobre el que había algo para decir. Ningún portal partidario dio siquiera cuenta del asunto. Tampoco ningún portal de las organizaciones de derechos humanos se sintió en la obligación de referenciarse y tomar posición. Lo mismo con el caso de la consultora. A nadie le pareció un uso desmedido del poder estatal, a nadie le pareció que se atentaba contra la libertad de expresar opiniones y contra la libertad de trabajo. Ni un solo partido, ni una sola organización de ciudadanos, ni una sola ong que trabaje temáticas afines dijo una palabra. Sobre el sainete entre intelectuales y gobierno se hicieron chistes. Es cierto que el burlón patetismo del episodio amerita la carcajada, pero es cosa seria que un grupo de notables profesores se demuestre tan explícitamente como asalariados estatales sin criterio propio.

Nadie se sintió llamado a hacer un análisis serio, amplio, sobre lo que significan alguna de estas tres escenas en términos de calidad de nuestra democracia. Seguramente esto responde a un temperamento social más expandido de lo que uno quisiera. No me parece posible pensar que esto pueda pasar si no se cuenta con un estado social y colectivo que lo propicie y hasta lo conforme. La vida democrática argentina pierde fuerza al mismo tiempo que el fragor de la voz populista augura participaciones, anuncia multitudes y celebra felicidades. Tal vez haya llegado el momento de pensar si es que realmente no tiene consecuencias el desbordado desperfilamiento de las identidades políticas que permite que cualquier posibilidad de acuerdo sea posible, que cualquier “armado electoral” pueda realizarse. Tal vez sea necesario plantearse, por un momento al menos, que los actos tienen consecuencias y que la búsqueda del rédito inmediato hace estallar las esperanzas de contar, alguna vez, con una democracia placentera, calma, sin estridencias, pero vivible.

lunes, 21 de febrero de 2011

Mala poesía y mala política

Cuando Pancho Romero me la envió, reforzándolo todo con un sonorísimo, ...parece que la hubiera escrito para vos... yo trataba de escribir algo sobre un fragmento de la última nota de Antonio Muñoz Molina en Babelia. También pensaba, mientras preparaba un programa para un curso de Arte y Política en la Argentina, cuánto de arbitrariedad e injusticia hay en dejar fuera un texto (de Steiner) e incluir otro (también de Steiner) en su lugar. Nada nuevo, Borges eliminó por completo la posibilidad de escribir algo interesante sobre eso.

Pero Pancho me mandó esto y me obligó a unir los puntos del dibujo por su costado más débil. No es necesario perder un segundo en una valoración poética seria porque no hay nada de poesía en el tosco escrito del Secretario (¿) de Cultura de la patria. Lo único reconocible es que logró superar, en términos estéticos, lo esperpéntico de las escenas de Luca, su anterior aporte a la cultura universal, previo a hacerse cargo de la gestión pública.

En el bodoque, el Secretario Coscia celebra Cuba. Eso nos permite pensar que el Gobierno de quién es Secretario Coscia, también celebra Cuba. Y que también la celebran los intelectuales que apoyan al Gobierno. Y que la epifanía es compartida, como pocas otras cosas, por los intelectuales progres y de izquierda que están lejos del Gobierno pero que, indisimulablemente, alejan de toda reflexión crítica la cuestión cubana. Hay excepciones, como la de la profesora Claudia Hilb, pero son sólo eso, excepciones a una regla que parece de oro al momento de buscar el sencillo carnet de progresista.

Y se celebra a Cuba en un momento particular, de la isla y del mundo. Mientras Cuba vive un momento demoledoramente perverso en donde los espejismos de reforma se topan con una realidad de persecución, muerte y opresión que lastiman cualquier mirada humanística, el mundo mira lo que sucede en el oriente musulmán con una atención culposa, pero viva y expectante.

El sábado pasado, en Babelia, Suplemento cultural de El País, de Madrid, un potente Muñoz Molina se detiene a pensar sobre las manifestaciones egipcias y las multitudes en la Plaza Tahir. En un momento, y a favor de contextualizar y discutir posiciones acerca del pasado y del presente, describe cómo fue su experiencia personal en relación a la caída del muro de Berlín, ....

Por una casualidad de la vida me tocó ver en televisión las imágenes de la caída del muro de Berlín en una casa en la que estaban reunidos algunos escritores, editores y críticos de inclinación al parecer progresista. Miraban las imágenes de la gente abrazándose en Berlín como si asistieran lúgubremente a la transmisión de un entierro.”

Esa condición agria y trágica es la que sostiene la actitud de Coscia, del Gobierno y de una buena parte de los políticos e intelectuales en relación con la situación en Cuba. Llegará el momento de discutir seriamente si estar a favor de esta Cuba es progresista o reaccionario y conservador. Llegará un momento en donde la moralización exasperante, patrimonio paradojal del izquierdismo profesional, dejará de someternos tanto al vacío de la discusión política como a la mala literatura.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La foto peronista

Todos los que hemos caminado siquiera un poco el mundo de la política sabemos que una foto tiene mil lecturas y habilita desasosiegos y esperanzas. No es poco habitual escuchar frases tales como...”a nosotros esta foto nos sirve más que tal o cuál cosa”....o.....”Esta es la foto que buscamos”...o alguna variación más o menos florida.

Es cierto que la fotografía, como ejercicio estético, reproduce y crea distintas sensaciones y pensamientos que no resultan difíciles de vincular con la escena política y, desde este argumento, la importancia supuesta de “la foto” recupera realismo, vigor y verosimilitud.

La imagen se expresa desde su propia voz. Pensemos, por un momento, qué quiere decirnos esta foto que reúne al ministro Boudou, a Hebe de Bonafini, a Fatala y a Horacio Gonzalez, y pretende hablar de la política en la Ciudad de Buenos Aires con claro reverbero nacional.

Mi primera tentación es esteticista, quiero mirar la foto con ojo atento y contar los pliegues, desarrollar esa narración que va desde los aplausos recíprocos de Boudou y Bonafini hasta el gesto distante de Gonzalez y la necesidad de hidratación de Fatala, que toma agua como quién debe digerir, pronto, algún momento difícil. Pero ¿qué queda si uno se sustrae a esta tentación y la reserva para imágenes más bellas?

Lo que queda es el profundo desprecio que el Gobierno tiene por la seriedad y la coherencia y se revela, además, el fundamental rechazo que tiene el peronismo hacia la Ciudad de Buenos Aires. De otro modo no puede explicarse esta foto, se requiere de un cinismo abrumador para juntar el esnobismo vulgar de uno con el carácter autoritario, retrógrado y violento de otra. Sin esa cuota de desprecio no se puede cobijar bajo el manto legitimador de otras fotos, la de los desaparecidos, ejercicios tan burlescos y descalificantes. ¿Qué habrá dicho Gonzalez en ese encuentro? ¿Qué palabras habrá utilizado? ¿Qué épica habrá adornado su presencia junto a sus compañeros de mesa?

La foto es contundente. Muestra el engranaje burlesco del Kirchnerismo en su versión porteña tanto como, en otras orillas, pueden hacerlo las declaraciones de Aníbal Fernández o de Pichetto. Los personajes de la foto están allí para demostrarnos que pueden hacer cualquier cosa, que saben cómo defender con el mismo entusiasmo cualquier posición con la única condición de su propia inclusión. Podrán ser neoliberales y sacarse fotos con representantes de las instituciones más perversas con el mismo énfasis con el que defienden una hipótesis de liberación nacional y popular. Como no creen en nada pueden creer en todo, y así nos lo hacen saber a cada rato, mientras, con el tono del falso educador, nos dicen cómo es que son realmente las cosas.

Trasladados al universo porteño, que aquí se sacó esta foto y que aquí quieren jugar el juego, es indispensable decir que esta Ciudad no necesita de más conservadurismo. Estamos gobernados desde hace mucho tiempo por conservadores (de distintos partidos pero igualmente conservadores) y es necesario recuperar algunas sensibilidades. Si el ejercicio alivianador de conciencias de odiar al macrismo termina en ejercicios cínicos y falsos, todo puede resultar peor. Ya sabemos qué sucede cuando se gobierna desde impostados progresismos.