
Escena uno: Libia
El desenlace del episodio de rebelión popular en Libia no admite conjeturas ni permite extralimitarse en las consideraciones positivas. Hay mucho zafarrancho interno y externo como para que alguien reconozca quiénes son los buenos. Pero hay una cosa que es evidente, el régimen Libio es de opresión, sojuzgamiento y muerte. Es un régimen que emplea la censura, la violencia y la tortura contra los opositores y un régimen que se sostiene en una envilecida relación entre la política y el fanatismo religioso. En el presente el país se encuentra en un estado de tremenda desolación y los opositores son tratados “como ratas” al decir del dictador Kadafi. En la última semana 69.000 personas con estatus de refugiados abandonaron Libia
Escena dos: Sanción económica para una consultora privada que difundió datos propios sobre la inflación.
El gobierno que miente descaradamente sobre los índices de costo de vida y evaluación de los precios multó con 500.000 pesos a una consultora privada que difundió un trabajo propio de medición que, obviamente, discutía los números oficiales. Una estrategia abusiva, autoritaria, intimidatoria y cobarde se ejecuta desde el Estado a un particular con un motivo directamente vinculado a una política pública defendida por el Gobierno. No se trata de lealtad comercial o de una razonable injerencia estatal en términos de control sino que es una actitud violenta, censuradora y torpe del Estado Nacional representado por el Gobierno.
Escena tres: Intelectuales Kirchneristas no quieren que Vargas Llosa abra la Feria del Libro. A la presidente le parece mucho y los intelectuales se retractan
Apasionante muestra gratis (¿) de inoperancia intelectual y pusilanimidad militante, este episodio hace ostensible la estatura de los participantes. Primero, las argumentaciones de Horacio González contra Vargas Llosa, bastante lejos de su florida aunque criptica prosa, demostraron una fortísima inclinación autoritaria. Lo siguieron Forster, claro está, reafirmando el carácter nacional del pedido de “corrimiento” (hasta allí el temperamento democrático) del Nobel literato. Pero, qué pasó? A la presidenta le pareció mucho y les ordenó bajar el tono y retirar el pedido. Y que hicieron ellos? Bajaron el pedido, dejando muy en claro cuál es su talante militante, y cuál su grado de obsecuencia y falta de criterio personal. La verdad es qué, aún con la barbaridad que contiene el pedido original, de seguro respondía a una interpretación sustentada. Lo único digno era quedarse en esa posición y bancarse la que venga, con la separación del cargo incluída, en el caso de Gonzalez. Imaginemos por un momento que alguno de los héroes de nuestros intelectuales hubieran obrado igual que ellos, casi no existiría bibliografía en las carreras humanísticas. Imaginemos al mismísimo Gramsci (seguramente admirado por Carta Abierta), obedeciendo dócilmente las órdenes políticas de un jerarca del partido comunista.
Estas tres escenas, disímiles en densidad, importancia y grandeza, se unen en un punto. En los tres casos no hubo una respuesta rápida, concreta y firme de ningún actor político relevante de la oposición. Con la excepción de Margarita Stolbizer, que días después pidió al Gobierno que rompiera relaciones diplomáticas con Libia, ninguno de los candidatos a presidente, por ejemplo, se expresó repudiando la situación. Al Gobierno le bastó un tímido muestreo de preocupación y a los partidos (me refiero a sus órganos institucionales) no les pareció un tema sobre el que había algo para decir. Ningún portal partidario dio siquiera cuenta del asunto. Tampoco ningún portal de las organizaciones de derechos humanos se sintió en la obligación de referenciarse y tomar posición. Lo mismo con el caso de la consultora. A nadie le pareció un uso desmedido del poder estatal, a nadie le pareció que se atentaba contra la libertad de expresar opiniones y contra la libertad de trabajo. Ni un solo partido, ni una sola organización de ciudadanos, ni una sola ong que trabaje temáticas afines dijo una palabra. Sobre el sainete entre intelectuales y gobierno se hicieron chistes. Es cierto que el burlón patetismo del episodio amerita la carcajada, pero es cosa seria que un grupo de notables profesores se demuestre tan explícitamente como asalariados estatales sin criterio propio.
Nadie se sintió llamado a hacer un análisis serio, amplio, sobre lo que significan alguna de estas tres escenas en términos de calidad de nuestra democracia. Seguramente esto responde a un temperamento social más expandido de lo que uno quisiera. No me parece posible pensar que esto pueda pasar si no se cuenta con un estado social y colectivo que lo propicie y hasta lo conforme. La vida democrática argentina pierde fuerza al mismo tiempo que el fragor de la voz populista augura participaciones, anuncia multitudes y celebra felicidades. Tal vez haya llegado el momento de pensar si es que realmente no tiene consecuencias el desbordado desperfilamiento de las identidades políticas que permite que cualquier posibilidad de acuerdo sea posible, que cualquier “armado electoral” pueda realizarse. Tal vez sea necesario plantearse, por un momento al menos, que los actos tienen consecuencias y que la búsqueda del rédito inmediato hace estallar las esperanzas de contar, alguna vez, con una democracia placentera, calma, sin estridencias, pero vivible.