
Sísifo, tan astuto como trabajador, eludió a la muerte poniéndole cadenas a Tánatos y ganando con eso también una breve eternidad colectiva. Nadie podía morir sin ser llevado por la muerte engrillada. Vino Ares y todo volvió a la normalidad. Las furias, que han encontrado variadas explicaciones acerca de su existencia, terminaron por ser sólo tres, bastante menos que las plagas de Egipto. Tisifone, Alecto y Megera castigaban a los díscolos con látigos coronados por anillos de bronce. Más cerca, Borges fundó Buenos Aires en una manzana de Palermo y le proveyó, en ese mismo momento, su insuperable dialecto.
El mito es, por definición, un relato falso. Contiene el artificio elemental de sustraernos de la realidad y nos provee de una historia mejor que nosotros mismos. El mito, en cierta medida, es un refugio frente a lo que no podemos hacer y actúa bajo la forma de una utopía, un lugar donde guarecerse de lo que no entendemos.
Frente a lo que aparece como una necesidad colectiva de generar un mito en la figura de Néstor Kirchner, la pregunta que creo es interesante sugiere pensar, ¿Para qué necesitamos un mito?
Muchas de las escenificaciones del velorio del ex presidente resultaron estéticamente diseñadas para colaborar en la construcción del mito. El cajón cerrado es una muestra, la ausencia de la figura de la muerte genera una estela de posible vitalidad simbólica. Por otro lado, la elección del sitio de las exequias. No hacerlo en el Congreso y llevar a Kirchner al salón de “los patriotas latinoamericanos” supone una puesta en disputa de la figura mítica y una elevación ya no respecto del resto de los mortales sino del resto de los muertos ilustres. La ausencia de “otros” en el velatorio puede percibirse también como un rasgo de exclusividad mítica, nadie que no fuera aprobado por el fallecido tenía derecho a estar allí. La participación de Javier Grosman aprueba la tesis que funde un innegable pesar popular con una perfomance mortuoria diseñada al detalle. Cómo si faltara algo, llovía.
La viudez peronista, inquietante, provocó paginas en los diarios que bien podían no haber sido escrito nunca y estimulo a las más variadas especulaciones a los aprendices del análisis político. Más allá de esto el mensaje de la Presidente reforzó la tentativa mítica desde la narración del dolor, de la recuperación de la figura de Néstor Kirchner (y su supuesto legado) y dejó clara la intención de seguir caminando por las mismas veredas que marcara el ex presidente. Buena parte de la oposición, marcada por la sorpresa, colaboró reforzando la idea del “militante” al hablar de una persona que, después de todo, desde 1983 no fue otra cosa que funcionario público y, antes que eso, resultó un astuto y severo comerciante inmobiliario. Los discursos cercanos al poder, por su parte, sumaron rasgos emotivos, y utilizaron metáforas y poemas para remarcar su lealtad – por algo es un valor supremo en la cosmogonía peronista – a la figura del muerto. La propia presidenta, unos días después sugirió ver, alegóricamente por cierto, a su marido caminando entre los presente en un acto político en la provincia de Córdoba. El Jefe de gabinete la confirmó como jefa del movimiento y el Futbol para todos será sobre todo y en realidad de Néstor Kirchner. Una suerte de danza bastante macabra construye una escena que remeda “El baile de los muertos” de Edward Munch. En el cuadro, figuras fantasmáticas bailan sin bailar una música que podemos imaginar lúgubre y monótona buscando, más que la celebración, un acompañamiento para su congoja.

En una interesante reunión en la me tocó participar en la semana junto a dirigentes y jóvenes profesionales de la oposición empezó a mostrarse la eficacia de la construcción del mito. Más allá de evaluaciones y caracterizaciones, si algo quedaba claro era que la única manera de enfrentar al mito – más bien a la acrítica asunción de su existencia – era con un mito de similar peso pero de distinto tono. La discusión, cuando llegó más lejos, intentó recrear en el pasado la ilusión perdida de viejos héroes y de antiguas glorias. Según creo, la necesidad del mito refuerza esa vieja idea del liderazgo fuerte y ambas dimensiones en conjunto forman un hostil artefacto tramposo para nuestra vida democrática. Si necesitamos de un mito es porque no contamos con una forma institucional capaz de procesar conflictos en clave pluralista. Esta necesidad, y su tranquila aceptación nos devuelve una imagen de la democracia demasiado pequeña para tener ya 27 años de vida. La idea del mito y su concurrencia con la idea del liderazgo fuerte hace suponer que existe entre nosotros la urgencia de que alguien realice la síntesis perfecta que da como resultado nuestra identidad política. Al no poder hacer convivir nuestras modestas minorías y administrar los problemas que esa administración comporta, generamos la presencia de un mito poderoso capaz de resumirnos y uniformarmos.
Casi nada está más lejos de la democracia que me gustaría ayudar a construir que la presencia de un liderazgo mítico de esas características. Los peligros inadvertidos en esa construcción, salga bien o salga mal, pueden terminar por desmontar los breves avances que se han hecho en materia institucional. El exceso de confianza que implica creerse la posibilidad de encarnar a las bondades del pueblo es falaz y amenazador y va decididamente en contra de la ampliación de las formas democráticas. Una vez más, el ejercicio totalizador que vive detrás de la construcción del mito nos propone como mágica solución pensar que la identidad política argentina es el populismo, aportando a la frágil pero extendida idea según la cuál Argentina sólo puede ser gobernada por el peronismo.
Para confrontar esta idea mitológica del liderazgo hay que situarse en el futuro. Es tan irritantemente conservadora la idea de la necesidad del líder que sólo puede oponérsele una mirada de signo contrario que permita asimilar la idea de democracia con la de esperanza. Si pudiéramos dotar de la misma vigorosidad a la idea de futuro estaríamos cambiando el sentido de la discusión y podríamos empezar a dejar atrás al conservadurismo. Suplantar el mito por la idea de la anunciación nos daría permiso para instituir la alegoría del nacimiento de una nueva manera de vivir y de convivir.

No logro pensar una cosa que resulte más intolerable para el estado actual de cosas de la política argentina que imaginar una posibilidad de liderazgos concertados, pluralistas y hospitalarios que permitan relatar la democracia desde una metáfora alejada de lo sacrificial. El abandono de la literalidad mortuoria y el paso a una pintura esperanzada, cargada de concepción y nacimiento como propone la idea de la anunciación puede llegar a ser el rasgo disruptivo más importante de los últimos tiempos. El futuro de la democracia argentina podrá situarse, entonces y bajo esa forma narrativa, entre la memoria y la profecía.