viernes 17 de febrero de 2012

El Estado kirchnerista frente al despertar de los monstruos


La literatura está repleta de historias, malas y buenas, de monstruos que se vuelven contra sus creadores. La política, finalmente una de las formas de la literatura, regala cada tanto una actualización del género, las más de las veces, envileciendo al creador al mismo tiempo en que desaparece el monstruo.

Uno de los pilares discursivos del kirchnerismo fue, durante un largo período de tiempo, que nunca iba a reprimir la protesta social. La fábula kirchnerista navegó, hasta donde pudo, haciendo alarde de esta conquista. El secreto, la ganancia para el gobierno, residía en que esto debía verse como un avance en el sentido de los derechos del pueblo. “Cuando el pueblo se expresa, el gobierno popular no reprime”, ahí la máxima populista.

Este haiku populista tiene un problema formal insalvable. La pretensión del relato ficcional del kirchnerismo pretendió inaugurar una doctrina de la relación entre el Estado y la utilización legítima de la violencia. Incluso si no se tiene ganas de llegar demasiado lejos en la teoría, lo mínimo para decir es que el discurso del gobierno se restaba a si mismo capacidad de autoridad y, con ello, también soberanía.

Ahora saben los kirchneristas lo que siempre supimos todos. No es posible suspender, por un acto de performatividad del lenguaje, la imprescindible relación entre Estado y represión. Puede gustarnos un poco más o un poco menos, pero la negación de esa relación terminará por agigantar al monstruo.
Decir esto no es decir que todos los Estados, por sólo serlo, deben prepararse para reprimir. Lo que sí implica, necesariamente, es una discusión muy potente, muy vigorosamente democrática, de los modos y las formas en que esta relación convive con la sociedad. No hay una única manera de encarar el conflicto y no todo conflicto debe llevar a instancias represivas, pero para llegar a esta forma es imprescindible no negar una situación definicional, en términos teóricos y prácticos, de la experiencia social.

Una de las maneras más interesantes de licuar la violencia en esta relación es la de reformular el conflicto pensándolo en otra clave. Se puede promover dejar que la confrontación deje paso a la colaboración y percibir, en cada conflicto particular, de qué modo contemplar primero los intereses de los más débiles. Al mismo tiempo, no es necesario dejarse ganar por la sencillez del “alguien tiene que perder” y se puede pensar en el crecimiento colectivo.

Una experiencia populista como la que vive Argentina no puede llevar adelante una política de este tipo. No tiene la sensibilidad ni el talento como para no dejarse ganar por el belicismo discursivo que propone la creación de un enemigo cada vez que pierde el rumbo.

Habrá que ver qué sucede cuando otros monstruos vayan despertando de su siestita ficcional.

domingo 12 de febrero de 2012

Hoy es domingo

Hoy es domingo, hoy es domingo, se escuchaba en una linda, hermosa canción que Los toreros muertos tocaban promediando la década de los ochenta. Los domingos son especiales, el domingo permite que exista el impensable adjetivo endomingar. Perón se llamaba Domingo, Juan Domingo. Los domingos terminan las semanas y hay semanas buenas y malas.
Para los que miramos la política de la patria, este domingo y gracias al gobierno nacional, cierra una semana marcada por el desconcierto, la vergüenza y la pena.

La primera manifestación, el primer gesto, lo marcó la misma presidente. Bajo un manto de neblina, llamó a la oposición a una conferencia de prensa donde haría “anuncios importantes” sobre Malvinas. La oposición argentina, rápida para el desastre, empezó con los titubeos. Los radicales a primera hora se negaron, pero luego decidieron ir –alguien los convenció que era mejor no sacar los pies del plato-. Otros, como el PRO, el socialismo dueño del FAP, Patricia Bullrich y Francisco De Narváez ni siquiera se plantearon lo sorpresivo de una convocatoria tan fuera de lo común. Aún cuando están de sobra acostumbrados a un gobierno que no conversa, que anunció diálogos políticos que nunca comenzó, que no envía a sus ministros al parlamento y que maltrata las opiniones ajenas cada vez que tiene oportunidad, no sospecharon nunca que iban a ser utilizados como audiencia “tonta”. La inteligencia y la sagacidad de la oposición política al kirchnerismo se rindió frente a la “gran causa nacional” malvinense y se dispuso, en primera fila, a escuchar y aplaudir lo que tenía para decir la presidente.

La conferencia, mezcla de stand up con Aló Presidente, no pudo ser más desopilante. Las “medidas” fueron la desclasificación de un informe que se podía bajar por internet, que había sido publicado al final de la década del ochenta y que se puede comprar por mercado libre a más o menos 200 pesitos. No conforme con este acto de soberanía, en el mismo episodio –al tiempo que creaba una comisión para estudiar el informe de marras- elevó la figura de su autor, el Teniente General Benjamín Rattenbach a la categoría de prócer sin advertir que con sólo googlearlo aparecían dos características propias de un militar de su tiempo. El amigo Rattenbach había formado parte de un golpe de Estado y, además, había sugerido que Isabel Perón debía ser removida de su cargo, primeramente, por su condición de mujer. Para terminar el show y para que la calificada platea no quedara insatisfecha, la presidente reclamo la presencia de más John Lennon en la mirada británica y sugirió, emotiva, que se le diera una oportunidad a la Paz. Envalentonado con el éxito de la presidente, unas horas después el Ministro de Defensa de la Nación, un tal Señor Puriccelli se vió en la obligación de afirmar que “si las fuerzas armadas británicas llegan a venir al territorio argentino la Argentina va a ejercer el legítimo derecho a defensa.”

La continuidad de la semana le correspondió al Secretario de Transporte Juan Pablo Schiavi. Tan macrista como fue y tan kirchnerista como es, Schiavi estuvo balbuceando durante un largo rato acerca de las bondades de la tarjeta SUBE y, de paso, anunció que se postergaba el plazo para que los ciudadanos pudiéramos contar con tan preciado artefacto y así, no tener que pagar aumentos en el transporte. Por más que algunos incrédulos insistieron, el Secretario no estuvo en condiciones  de decir cuánto podría costarle a los usuarios un pasaje en colectivo después de vencido el nuevo plazo. Tampoco pudo aclarar si el hecho de tener la tarjeta eximiría a todos del aumento o si algunos deberemos pagar más aún teniendo nuestra correspondiente maravilla. Lo que si quedo claro es que hasta el 2 de marzo la tarjeta la costea el Estado, pero el tres la tiene que pagar el usuario. En resumen, nada, ni una noticia de cuanto puede ser el costo –no de una central atómica o de la implementación de un seguro nacional de salud- sino de un humildísimo tramo entre Palermo y Parque Chas.

La mala fortuna quiso que muriera Jazmín de Grazia. Ya se sabe lo que ocurre con las muertes jóvenes, y, al parecer el gobierno sintió cierto eclipse, que no dudó en reparar de modo contundente, en el mismo sentido en que planteó toda la semana. La responsable en este caso fue la Ministra de Seguridad que dio una conferencia de prensa para decirnos a todos que “no le iba a temblar la mano” para sancionar a los responsables de filtrar las inoportunísimas y desagradables fotos de la modelo muerta que salieron en Crónica. La Ministro no dijo nada acerca de que los propietarios del medio son abiertamente oficialistas y gozan de buena cantidad de pauta oficial y tampoco dijo nada -en realidad dijo “de eso no voy a hablar”- cuando fue preguntada sobre los hechos violentos que se produjeron en Catamarca, entre la policía y los manifestantes contrarios a la explotación minera.

La presidente no quiso dejar pasar la semana sin otra participación rutilante y el tema minero estaba al rojo vivo. Un día antes había expresado, rigurosamente, que el tema de la minería requería de un debate en serio. Manos a la obra, llamó a otra de sus extrañas intervenciones públicas, en esta oportunidad para hablar sobre una cementera el Olavarria. Aprovechando la ocasión, la presidente entabló una hermosa y cándida conversación con un obrero de nombre Antonio que derivó en una defensa muy fuerte del compañero trabajador hacia las actividades mineras. La presidente, con ese don para comunicarse con las clases populares que la caracteriza, terminó por hacerle un chiste y decirle que a él, a Antonio, que no era un dirigente político sino un humilde laburante, nadie lo iba a acusar de ser un agente de la Barrick Gold. El pequeño problemita con el episodio es que el compañero resultó ser el presidente del PJ de Olavarría, se había jubilado hace un tiempo y ni siquiera se llamaba Antonio sino Armando. Como si el bochorno no fuera suficiente, hay videos que marcan que la presidente estaba al tanto de la situación y que en un momento hasta parece haber advertido que la fluidez de la conversación con “el compañero Antonio” podría llegar a sonar un poco falta de espontaneidad y hace gestos claros de cortarla para que no se advirtiera el indiscutible papelón. Lo pueden ver acá. Al parecer, tanta gente del FREPASO en el gobierno no es en vano y la escuela de Anibal Ibarra y su corte de aduladores a sueldo tiene sus seguidores.

Una semana trágica, para el gobierno, para los opositores y para los ciudadanos. Una semana que podría, en caso de existir una oposición con algún grado de talento político, ser el inicio del fin del ciclo populista abierto por el kirchnerismo. Pero eso no va a pasar, no al menos por ahora. Porque para eso hace falta una oposición seria, sensible y políticamente astuta que genere, no el desenmascaramiento y la exposición de la mentira, eso no hace falta ya, sino la esperanza de la opción.

jueves 5 de enero de 2012

Plataformas intelectuales


Ligera advertencia para el lector: Esta nota fue escrita antes de la renuncia de Guillermo Saccomanno. Creo que el tono de la carta, sugiere una mágica confirmación a lo que sigue.

En su formidable blog, Flavio Buccino tuvo la inteligente idea de rescatar la emergencia de un nuevo grupo de intelectuales y gentes vinculada a la cultura que formaron Plataforma 2012. Con una celeridad que es también sensibilidad, Flavio celebró la aparición –que un día después tomaría estado público en todos los diarios- de un nuevo espacio de reflexión. Heterogéneo, el conjunto de firmas que sostiene el documento contiene desde pensadores notabilísimos –mi admiración intelectual hacia José Emilio Burucúa es enorme -  hasta artistas geniales –Luis Felipe Noé y Diana Dowek - pasando por arrepentidos kirchneristas.


No me interesa caer en la mitificación del pensamiento, y mucho menos en tornarlo ingenuo. Las ideas tienen consecuencias y no es cierto que haya que saludar cualquier intento reflexivo sin detenerse un instante a mirar hacia dónde va. Pero en este caso, esa precaución parece excesiva y es necesario remarcarlo. No coincido en ningún caso con las formas de resolución política que los integrantes de Plataforma 2012 eligen en tanto ciudadanos, pero su intervención en el debate público tiene que darse por bienvenido. Por otro lado, no hay nada novedoso salvo la generación de un colectivo, tanto Gargarella, como Sarlo o Burucúa son animadores de la discusión en los medios más importantes y, cada tanto, obtienen esa visibilidad que es tan esquiva para los trabajadores de la palabra.

Con todo, la lectura del manifiesto (incluso su propia existencia) no me deja dar el próximo paso hacia la alegría o la expectativa. Leo y no puedo dejar de sentir un sinsabor, como un regusto medio amargo. La idea de grupo que necesita un manifiesto, lo propone y desde allí modela su intervención pública es hija de otro tiempo. Se parece mucho más a los clubes o salones europeos que a la actitud intelectual y artística que imagina un mundo que es improbable. En el documento de presentación de Plataforma 2012 se escucha mucho la voz del adversario, parece un grupo de veteranos de guerra que quieren revivir la batalla porque al fin, después de revisar una y otra vez sus estrategias, parece que aprendieron el truco. 

La consigna sobre revivir el pensamiento crítico no parece demasiado cautivamente más allá de lógicas universitarias. Por formación conozco, respeto, y tengo posición sobre los debates que la idea de crítica puede albergar, pero su enunciación como pretexto para la acción me parece más de un colegio secundario que de un grupo de relevancia intelectual. La idea de construirse desde la crítica, sin más, me lleva indetenida y fatalmente hacia atrás. 
Mi siguiente motivo de desaliento es la insistencia en la verosimilitud como variable política. A modo de una paradoja autofrustrante, se impugna el relato disputando su verosimilitud. ¿Acaso alguno de nosotros, cualquiera de los ciudadanos de nuestra patria, cree que el relato épico y la construcción del pasado que el gobierno dibuja para su zoológico interno de 150 militantes, es cierto? Todos sabemos que no lo es, tanto como sabemos que al momento de elegir, ese punto no aparece en primer plano. Es como cuando niños ya descubrimos la treta de nuestros padres sobre los reyes magos y tenemos, en nuestra inocente supremacía infantil, la condescendencia de no decírselo a nuestros papis. La lucha por la verosimilitud es una lucha de científicos, de profesores guardianes de la fidelidad entre las palabras y las cosas. Esa disputa esconde en realidad la discusión sobre el “legitimo” o “verdadero” izquierdismo. Una discusión más aburrida aún que su predecesora.

Desde donde veo las cosas, la idea de la relación entre el pensamiento y la acción política que termina reformando a las sociedades requiere hoy de nuevos puntos de apoyo, menos estáticos, más frágiles y menos ciertos que el que el concepto de crítica puede darnos. Es mucho más la obra de la esperanza y de la construcción de audiencias y de mundos que el desenmascaramiento de las mentiras ajenas. Es mucho más un juego, riguroso y poco serio a la vez, que un ejercicio trágico de descripción y develación. Es la búsqueda de una música risueña que traiga ecos constructores. El dialecto para esa construcción no merece agotarse en discusiones profesorales o en prestigios anteriores. Es una escritura distinta, con voces que hoy suenan más tenues y, tal vez a propósito, menos pretenciosas. 




lunes 26 de diciembre de 2011

Algunos futuros para el radicalismo


Entre las elecciones en la Argentina y en España pasaron menos de treinta días. En España, el panorama político tras la elección es muy duro para el PSOE, que perforó su piso electoral y tendrá que trabajar para restaurar su posición frente a la ciudadanía. Pero de ningún modo, el resultado de la elección puede ser visto como algo escandaloso o terriblemente trágico.
En Argentina, el oficialismo sacó una diferencia de 40 puntos a la oposición, quedó consagrado como una suerte de partido único con legitimación popular y las fuerzas opositoras, divididas y desperfiladas no alcanzaron, ni aún sumadas, acercarse a los votos del Kirchnerismo.

Frente a estos escenarios, desde el 20 de Noviembre -día de las elecciones españolas- hasta hoy, una docena de notas de opinión giran alrededor del PSOE, dando cuenta de la necesidad de reformas, proponiendo alternativas, imaginando posibilidades. Las escriben dirigentes del partido, pero también catedráticos independientes, periodistas, poetas y escritores. Existe el gusto y la necesidad por discutir la democracia, y se sabe que la vida de los partidos es cosa importante. La democracia tiene, en el debate público, presencia, ideas y palabras. En estos últimos días, un grupo del partido lanzó una interesante plataforma en la web, http://www.muchopsoeporhacer.com/ en la que se puede colaborar a pensar y discutir.

En Argentina, en cambio, se escribe mucho a favor y en contra del kirchnerismo, pero el papel de oposición, salvo en los casos que genera una noticia-por lo general impolítica o escandalosa- no es objeto de reflexión seria. En estos tiempos, con la perspectiva de un gobierno dotado de la legitimidad suficiente como para llevar adelante sus intenciones por la uniformidad, valdría la pena pensar e involucrarse más –aún ante la falta de incentivos- en la vida de los partidos de oposición.
En una serie de deliciosas notas escritas por Nicolás Wiñazki en Clarin, los lectores nos fuimos enterando de la forma en que iban a dirimir sus cuestiones en la UCR. Un partido que había quedado tercero en la elección, que venía de una fuerte conmoción derivada de la lógica de alianzas y que había visto diezmada su representación institucional en forma importante. En la convención partidaria, unos señores ya mayores, cercanos más al retiro que a la lucha y la ambición, se pecharon como en el barrio, se amagaron bravuconadas y todo terminó con el vuelo rasante de tortas de ricota. No parece una actitud a la altura del problema.

Pensemos un poco en el radicalismo, alejándonos de la urgencia. La Unión Cívica Radical plantea un caso sumamente complejo. El radicalismo –en lo que podría considerarse una rareza politológica inquietante- ha marcado que su destino sea el de una suerte de abandono de la representación. El partido radical parece haber elegido abandonar a los ciudadanos que veían en él un espacio de alternativa de poder, de reserva de ideas, de acciones y de legado. Con una obstinación innegable pero absurda desperdició una segunda oportunidad que la sociedad le otorgó sin casi haber hecho nada para merecerla. Distintas circunstancias hicieron que el afecto ciudadano sobre el radicalismo reviviera tras años de indiferencia. Por varios motivos, que encuentran claramente su punto más fuerte en la muerte de Raúl Alfonsín, pero también en el hartazgo frente a las lógicas confrontativas permanentes del gobierno, las personas volvieron a mirar lo que hacía la UCR y esta, sin saber qué hacer, no supo responder.
Algo así como la profundización del abandono como patología. Y esto es un problema, porque como entendemos con el caso español actuando como espejo, los problemas de un partido de representación popular, con extensión territorial y con capacidad de intervención en el debate público, son los problemas de la democracia. Y nuestra democracia es peor desde que el radicalismo decidió abandonar la representación popular que consiguió históricamente. Hay un claro empequeñecimiento de la democracia que acompaña la dilución afectiva del vínculo entre la sociedad y el radicalismo.

La democracia argentina no logra resolver el problema planteado por el abandono del radicalismo y es por eso que una y otra vez, la pregunta sobre el radicalismo vuelve, se re-presenta. Emerge de una manera bastante dolorosa.
La última versión de este problema es el supuesto giro a la derecha que supuso el acuerdo que Ricardo Alfonsín decidió articular con Francisco de Narváez para las elecciones del 24 de octubre. Más allá de los errores conceptuales escandalosos que sostuvieron esa decisión, la polémica tardó en llegar hasta que se contaron los votos. La UCR no tuvo el nervio democrático necesario para plantearse problemáticamente el hecho importantísimo de romper con una alianza anterior con fuerzas afines (que además había resultado bastante exitosa) y cerrar un acuerdo con una fracción del peronismo tan amorfa e incomprobable como conservadora. Más de 40 diputados nacionales, varios senadores, intendentes, concejales y dirigentes importantes no constituyeron el espacio crítico necesario para siquiera poner en discusión la alianza con el empresario.

Una vez comprobado el resultado de la torpeza intelectual que cobijó el acuerdo, empezó a hacerse en público lo que hasta el día anterior era corrillo en toda casa de dirigente o militante radical. El tema era, una y otra vez, el giro a la derecha.

Aquí es necesario detenerse un poco y mirar las decisiones del radicalismo en los últimos años. En el año 2007, es decir en las elecciones presidenciales inmediatamente anteriores, el radicalismo se dividió para apoyar a dos candidatos peronistas: Kirchner y Lavagna. En ese camino, dotó de legitimidad al modelo aportando nada menos que el vicepresidente. Es cierto que todo terminó mal, pero había empezado peor. Además, y el dato no es menor, el mismo personaje, tras el voto no positivo en la 125, se constituyó para los desorientados radicales en un actor de relevancia que suscitaba -sin mediar ningún tipo de justificación analítica o práctica- una esperanza. Podría decirse, sin asumir el riesgo de equivocarse demasiado, que las últimas opciones que tomó el radicalismo han estado marcadas por una condición desopilante, que parece más un escrito de ficción que un análisis político o un ensayo de interpretación.

Aún queda por discutir una cuestión de mayor relieve. Si el tema instalado en la discusión fuera el del giro a la derecha y la condición perdida de cierto progresismo radical, hay cosas para decir. La condición socialdemócrata y progresista del radicalismo es, ciertamente, una construcción mítica, un relato que se basa en la impronta temporal que la figura de Raúl Alfonsín y el destino histórico supo darle. Es cierto que la historia del radicalismo tiene marcas claramente progresistas, pero son eso, son marcas, profundas y destacables, pero nunca lo suficientemente potentes y duraderas como para conformar un ideario claro e ideológicamente definido. Partido aluvional, de captación policlasista y sin demasiados antecedentes intelectuales que le dieran fundamento ideológico, el radicalismo nació como un gran partido de base popular, pero no es posible pensarlo como un partido de izquierda o, al menos, progresista. Está claro que esta dimensión progresista es una persistencia, pero tiene más la forma de un deseo y de un trabajo que de una realidad indudable.

Esta discusión se da en un marco interesante. Tengo la sensación que una buena parte de los mejores hombres y mujeres que tiene la política argentina están hoy dentro de las estructuras del radicalismo. Hay una gran cantidad de personas con formación, con vocación pública, con ambiciones interesantes y proyectos imaginativos, pero si la estructura partidaria del radicalismo se obstina en mantener la actual presentación pública ninguna de estas potencialidades estará en condiciones de elevar la voz.

El radicalismo se encuentra en estos días, a los ojos de cualquier analista, atravesado por dos lógicas contrapuestas. Una de ellas es la que lo acerca a ser parte de un espacio de centroderecha, dotando al liderazgo creciente de Mauricio Macri de la extensión territorial, la capacidad institucional y los cuadros que el Jefe de Gobierno no tiene. Hasta dónde llegará la lógica conservadora de la UCR es una incógnita, pero la Ciudad de Buenos Aires puede ser un buen punto de mira.

¿Pero querrán acaso los jóvenes y no tanto que piensan en el radicalismo desde una dimensión más progresista inscribir sus biografías en ese itinerario político?

Otra opción, la recreación reformista, no está vedada ni epistemológica ni políticamente al radicalismo, pero tampoco está asegurada. Puede pasar, pero también puede no pasar. Una narrativa distinta, atenta a lo que sucede en la Argentina y en el mundo, moderna, imaginativa y creadora es posible siempre que se comprenda que no puede llevarse adelante con estos intérpretes cumpliendo roles estelares. Si los intérpretes del discurso de la UCR son los mismos de siempre, o peor aún, los mismos de antes, nadie podrá permitirse pensar en una reforma. No es posible que alguien vea un cambio en algo que permanece siempre igual. Si no emergen nuevas voces diciendo cosas nuevas y a los que escuchamos son a Morales, Moreau, Storani, Rozas, Alfonsín y demás, el destino del radicalismo es la desaparición. Y una desaparición con feo gusto, una desaparición por indiferencia. A ningún ciudadano bien nacido de este país le importará más lo que diga o haga el radicalismo.

Otro camino es el de realzar voces que lentamente pinten un temperamento diferente. Que se presenten a la sociedad como algo nuevo, imaginativo, con capacidad creadora y, a la vez, querible y confiable. Voces que prefieran hablar en otro dialecto, acercar a personas distintas y diversas que no expulsen sino que atraigan los deseos de discusión y debate. Es posible que de ese modo el radicalismo reviva algunos de los símbolos que lo han hecho, por mucho tiempo, una opción para la ciudadanía. Las posibilidades están, aún cuando los datos no permiten demasiado optimismo.

La falta de optimismo remite, sencillamente, a que los propietarios de las parcelas del partido y su manejo de las estructuras y de la cada vez más esmirriada dotación institucional conspiran fuertemente para el resurgimiento potente del radicalismo. Los administradores económicos impiden la emergencia de la política. Y de no haber ningún cambio, la pregunta a formularse será ¿Cuánto dura el símbolo?

En el marco de la política argentina de estos días, con un gobierno que tiene una vocación muy firme por la unanimidad, la actitud de reforma del radicalismo es imprescindible. Sería prudente comprender que sólo el peronismo –gracias a su enorme capacidad adaptativa- puede articular el gobierno desde una única fuerza política. La oposición reformista debe buscar su perfil –ese que reconoce las familias liberales y republicanas- y dejar al nacional-populismo hacer sus propias alianzas de gobernabilidad. Si algo distinguiría la actitud del radicalismo de hoy es el alejamiento de la endogamia y el reconocimiento de la necesidad de articular una fuerza política con otros que piensan, en los trazos gruesos, parecido o igual. La generación de una opción política frente a la uniformidad que propone el kirchnerismo es un deber de la esperanza política argentina

sábado 19 de noviembre de 2011

Unas notas sobre la vieja tensión entre sindicalismo y política

En las últimas semanas me topé varias veces con una caracterización bastante curiosa. Curiosa porque estaba encarnada por personajes de muy dificultosa asimilación y curiosa por su extrema similitud. Desde Roberto Gargarella hasta analistas económicos y políticos cercanos a posiciones que pueden calificarse de republicanas coinciden en que el nudo del problema político se encuentra hoy en el campo sindical. Unos y otros acuden a una simplificación que termina tomando la forma de una similitud estilística. A falta de una definición mejor, todos hablan de “batalla”. Más allá de la exageración beligerante, la cuestión de fondo, me parece, promueve alguna discusión.

Como toda cosa política tiene una dimensión histórica. Sin ánimo de colocarme en el interior de una disciplina ajena, puede darnos una cierta pista recorrer los momentos de la historia en los que esta situación de superposición de poder entre sindicatos y política tuvo expresiones importantes. Tanto en el 46, como en los momentos de la llamada resistencia peronista, los radicalizados años 70 y el neoliberalismo de los noventa, esta disputa entre poder sindical y poder político se nos volvió evidente. En todos estos casos, aún en el reconocimiento de los matices, la resolución no pude ser de otro modo que política. Más allá de la capacidad relativa de impugnación que el campo sindical pudo tener en cada momento de la historia, las tensiones se resolvieron en el único terreno que puede hacerse, en el de la política.
Una de las tendencias más importantes que deja el kirchnerismo como marca cultural es el haberle impreso a la caracterización política, y me refiero a lo analítico y también a lo práctico, una unicidad agonal. La confrontación ínsita en toda construcción populista ha encontrado en mucha gente un espacio de comodidad y se ha instalado como la verdad número veintiuno de los textos sagrados peronistas. La política es su conflicto, parecen decir, y a partir de allí, donde se identifica el uno, emerge lo otro. Aún cuando aparezca hoy como un sedimento de la enunciación política, esto no es enteramente cierto ya que excluye del análisis de lo político como experiencia, a factores tan instituyentes como el diálogo, el acuerdo, la colaboración y, sobre todo la pedagogía y la creatividad.

Y aquí hay otro punto. Pensando lo sindical como el único campo de discusión política se corre el severo riesgo de empequeñecer la dimensión política. Lo sindical, remite, casi definicionalmente, a la expresión de un interés particularísimo y, por rutina, se despliega sobre posiciones, para decirlo de algún modo, “cerradas”. Estos elementos resultan casi opuestos a los que componen una experiencia de política democrática, en donde priman la deliberación, el pluralismo y la apertura. Casi podría decirse que los espacios sindical y político están hechos de materiales distintos y sus productos son también distintos. Mientras la política, por lo general, y casi por su propia rutina, hace visible lo social y genera, aún resultando fallida, una amplificación del discurso, lo sindical tiende a bajar esta amplificación y concentrarse en una cerrazón interesada y específica. Distinguir en el campo sindical el lugar de la tensión política, por tanto, puede inadvertidamente empequeñecer la vida política y de la democracia. Por un lado confundiendo conflicto con política y por el otro, otorgando a una práctica naturalmente cerrada sobre sí misma una dotación instituyente que difícilmente proponga.

No creo  que quienes identifican  de este modo la relación entre sindicatos y política lo hagan por falta de agudeza intelectual, todo lo contrario. Tal vez, una de las interpretaciones pueda estar ligada a la dificultad para desmontar la patética escena política argentina y sacudirse de la resignación. Muy probablemente, a falta de la presencia vital de una conversación democrática, sobreviene la resignación y se termina percibiendo política allí donde sólo hay conflicto.

Esto es mucho más un problema que un error. Muy probablemente, no sea otra cosa que esas cegueras temporales que aparecen en el camino, en las rutas, cuando el sol nos pega de frente. Tal vez la refulgente potencia del populismo, mezclada con la ausencia lacerante de creatividad en la oposición política, nos esté privando de la posibilidad de pensar la política como un espacio más de la creación autónoma de la interpretación.

viernes 28 de octubre de 2011

Política habrá siempre, necesita de militantes, no de poetas

Política siempre va a haber. Si se la piensa como un juego en el que grupos, corporaciones, poderosos y débiles definen el territorio en el cual desplegar sus conflictos y donde hacer valer su poder localizado y episódico, política siempre va a haber. Desde un punto de vista institucional, desde un lugar en donde las rutinas se cumplen y donde algún tipo de reglas del juego son mínimamente compartidas, la política, tal vez, viva para siempre. Pero si la preocupación avanza un poco más y se encuentra con la democracia, el tema se convierte en algo más complejo. La democracia, además de todas las dimensiones que conforman lo político, implica también una forma de experiencia. Para pervivir, la democracia necesita de su propia condición crítica y de su propia reformulación permanente y creativa. Es por eso que la gran diferencia entre la política y la democracia reside en el valor de las palabras. Es mediante las palabras que las ideas se montan sobre lo concreto y se convierten en una acción que puede cambiar las cosas e inventar escenarios. El territorio de la democracia es la palabra. Sin darle espacio a las palabras, la democracia pierde plaza, se debilita y languidece hasta la desaparición.

Creo que esta puede ser una buena manera de entender la pequeñez de nuestra democracia. Por estos lugares las palabras no tienen ningún valor, no sirven para cambiar nada. Así de sencillo. Los argumentos, las buenas razones, la poesía, una idea novedosa, cede siempre su potencia frente a la banalidad de los egos magnificados de los intérpretes centrales de nuestra vida política y frente a la dimensión agonal de lo político. Esta debilidad en la relación con las palabras tiene mil caras. En Argentina no hay el debate presidencial. Lo que resulta lógico y razonable en una democracia estabilizada en nuestro país es imposible. Hay una suerte de compartida tontería que toma la forma de la frase, “el que gana no discute”. Tampoco hay palabras en el páramo discursivo de la oposición política al gobierno kirchnerista. En campaña, los gritos, las alusiones milagreras y las torpezas comunicativas son hijas de la desvalorización general de la palabra en la que cualquiera puede decir lo que se le antoje porque la herramienta del mensaje es, de partida, inválida.
Se puede haber sido kirchnerista hasta sólo quince minutos y ahora ser opositor y se hace posible sostener el apoyo al gobierno “por izquierda” en el mismo territorio que gobierna Scioli. Si la palabra valiese aunque sea un céntimo, no sería posible decir que la pobreza es igual a la del menemismo pero tampoco que el Estado no hizo nada en materia de derechos humanos hasta que Kirchner dijo “proceda” en la bajadita del cuadro. Se banaliza el mal, haciéndolo pasar por el bien.

El lamento es propio de personajes menores, de miserables huidizos, miedosos y poco interesantes. Habrá que ver qué se hace con las palabras que nos quedan, con aquellas que nuestra política no quiere utilizar. Habrá que hilvanar a los que trabajan con las palabras, para crear el léxico distintivo de la futura vida en común. Sin palabras no se puede generar mundos.
Si hay algo sabido es que los mensajes democráticos son claros, sencillos, no son ni verdaderos ni morales, pero son entendibles, generosos y abiertos. ¿Cuánto podrá resistir una democracia en la que las palabras no valen nada?

martes 25 de octubre de 2011

Una linda charla en la CNN santafecina



Lunes, después del domingo de elecciones. Me llamó Gonzalo Fernandez y me puso al aire en el programa de Fabiana Suarez. Salió una muy linda charla. Aquí se las dejo, no es muy larga y la calidad del sonido es excelente.