lunes, 6 de enero de 2014

Los usos populistas del marxismo



Este artículo fue publicado originalmente en el Suplemento Enfoques del diario La Nación
 el día 5 de Enero de 2014

En muy pocos lugares del mundo el marxismo tiene una presencia cotidiana, más allá de las arqueologías académicas. Incluso en esos ámbitos, independientemente de ser revisitado con alguna frecuencia, el pensamiento de Marx tiene una relevancia menor frente a otras formas de mirar lo social y lo político. Curiosamente, entre nosotros no es así. En los últimos tiempos, dos casos resonantes han puesto al pensamiento del filósofo de Tréveris en la consideración pública, en la prensa y en la pluma de los intelectuales.

Tanto el ministro de economía Axel Kicillof como el mismísimo Papa Francisco han desarrollado curiosas interpretaciones con eje en el marxismo. Uno y otro negaron de un modo sinuoso ser marxistas pero al mismo tiempo reconocieron cierto gusto en ser vistos por el ojo ajeno como miembros de ese club. El ministro de economía insiste en que su postura frente a su profesión tiene que ver más con las ideas Keynesianas, pero de todas formas, la calificación de marxista a la obstinadamente se ve enfrentado, no lo incomoda. El Papa fue crítico con las ideas marxistas, incluso llegó a decir que estaban equivocadas, sin embargo, dijo conocer a marxistas que resultaron ser muy buena gente y que por esa razón no se vería ofendido si alguien viera en él un marxista.

Cuando se alude al marxismo en estos casos, ¿Se está pensando en el corpus de ideas del materialismo histórico y en las experiencias políticas del socialismo real? ¿O se está hablando de algo diferente?

Identidad virtuosa

A primera vista, pareciera que toda aproximación política que se imagina de izquierda o que se piensa a sí misma como portadora de valores populares, se cree, de algún modo, marxista. Esta hipótesis de identidad virtuosa se construye sobre cuatro pilares: un rechazo entusiasta a las ideas liberales, una fuerte vocación estatalista y antimercado, un riguroso espíritu crítico frente a todo lo que provenga de los Estados Unidos y un discurso cargado de menciones hacia el pueblo. Estos rasgos, presentes también en opciones como el nazismo y el fascismo, dibujan el perfil de un izquierdismo bastante torpe -con el que incluso el propio Marx marcaría diferencias- pero sencillo de instrumentar con economía de gestos y un lenguaje acotado.

La versión del marxismo de aeropuerto a la que se alude en estos casos, opera como una suerte de sustitución teórica de ideales. Curiosamente, los ideales cientifistas, racionalistas y positivistas de la literatura marxiana quedan reducidos a unos pocos tópicos identificables con los del populismo.  Las referencias a este  marxismo invertebrado que hacen Kicillof y el Papa Francisco son, en realidad, la continuación del populismo por otros medios. Es hacer realidad el sueño de  cualquier argentino que cree hacer política por izquierda. Mezclar a Perón con Marx, y si se puede sazonar con alguna pizca freudiana, después de todo, ha sido una de las constantes de la política y la academia argentina desde hace más de 50 años. Los resultados, medidos en términos democráticos, son desalentadores.

Corrección política

Las posiciones de izquierda tienen, entre nuestros profesionales de la política, un revestimiento de corrección desproporcionado frente a lo que sucede en la realidad. La pregunta que se impone en este caso es muy clara: ¿Cómo es posible que, en un país donde casi todas las opciones políticas se definen como de izquierda, haya cada vez mayor desigualdad? Esto admite una respuesta doble: O bien los políticos no son todo lo de izquierda que dicen ser o bien la izquierda no es portadora de las virtudes que románticamente anuncia. Para cerrar el círculo ideológico del sistema político argentino, la derecha prácticamente no existe, al menos enunciativamente, y ningún político se reivindica desde este lugar ideológico, en algún punto cargado de vergüenza. Todo esto en un país conservador, provinciano, cerrado sobre sí mismo y con fuertes prácticas feudales y clientelares.

El resultado de la alquimias política de mezclar marxismo y populismo se mide en términos de atraso. Al atraso que supone el populismo se le adiciona el retroceso de una mirada ostensiblemente marcada por el fracaso como es la del marxismo. Las sociedades a las que les ha ido mejor en las últimas décadas no tomaron ninguno de estos caminos. Ni minimizaron el papel de la democracia como experiencia ni resumieron los criterios de igualdad y libertad al dogmatismo de un credo izquierdista. Por el contrario, se reconciliaron con la dimensión liberal de la democracia y desde allí asumieron compromisos reales de mejoras sociales, avances culturales e inclusión política. Ninguna de las sociedades que miramos con atención se funda en el desprecio al mercado y en un estatismo ciego. Tampoco generan sociedades en donde la beligerancia sustituye al diálogo y empequeñece el debate.

Cuando Kicillof, Bergoglio y la izquierda cultural argentina se visten de este marxismo liviano asumen, inadvertidamente, las condiciones estructurales del fracaso de la democracia argentina y obstaculizan una mirada esperanzada y creativa. Los ideales invocados no se alcanzan por los caminos elegidos. Ni la igualdad ni la libertad llegaron,  históricamente, de la mano del marxismo o del populismo, mal podrían llegar del maridaje planteado antojadizamente en nuestro país.

El equívoco más fuerte en términos teóricos es suponer que la búsqueda de la igualdad y la libertad están resumidas y recluídas en las ideas y las prácticas del marxismo o en las del populismo. Las distintas realidades políticas se obstinan en señalar ese error mostrando que las formas teóricas que intentan mejorar la vida de las personas no se encuentran acotadas por las fronteras axiomáticas y actitudinales de estas tradiciones. 

No es mala idea preguntarle a cualquier ciudadano de Europa del Este, a las damas de blanco en Cuba o al gran artista Ai Wei Wei en China, si el marxismo es sinónimo de justicia, igualdad y libertad.

8 comentarios:

Agustin dijo...

Un placer total para mí me causó leer y reflexionar con semejante artículo. Felicitaciones.
Agustin R de la Precilla

Felipe dijo...

Muy bueno, interesante pero incomplete. El marxismo es una herramienta de análisis social, y el uso politico no depende de Marx.

Gabriel Palumbo dijo...

Gracias a ambos por pasar y por comentar. Gracias Agustín y Felipe, no se que decir que no haya escrito en la nota.
Abrazo a ambos

Eze dijo...

Impecable, gracias por el artículo

Josefina Ignacio dijo...

Un placer leerte! Gracias!

Anónimo dijo...

Marxismo no es lo mismo que estalinismo, lo digo por el último párrafo. Saludos.

Mundoteveo dijo...

La verdad, es la segunda vez que leo un artículo tuyo... y me sorprendo, hallando en esta reflexión, lo que yo pudiera llegar a percibir. Digo percibir, porque no tengo la cantidad de libros ni la teoría aprendida al dedillo como, observo, vos tenés.

Y justamente, acá va una pequeña anécdota que me pasó en Tréveris, cuando visité la casa (una de ellas) de Marx. Mientras recorríamos su casa con la audio guía (en español) casi tuve la sensación de que Marx no vivió como el pensaba... Casi toda su vida, vivió pidiendo dinero a su amigo, Engels. Dinero que nunca le devolvió... Claro, estaba entregado a su causa, a su pensamiento, sin embargo, a Engels no le había ido tan mal (ya que lo ayudaba mucho económicamente). Ya el padre de Marx, se había quejado de su hijo... porque se había gastado todos sus ahorros antes de terminar la universidad... (estoy apelando a mi memoria)... Ahora que lo pienso, quizás el ministro de economía y el Papa, sí han hecho como Marx en cuanto a su modo de vida: vivir de prestado (el Papa apela a la caridad), que se puede traducir en planes asistenciales. Pero no siguieron lo que él escribió. Gracias por esta reflexión. Firma: Estrella Planisig.

Mundoteveo dijo...

En cuanto a la felicidad y la intromisión del Estado. Opino que la felicidad es parte de la intimidad de las personas. Algo relacionado con la privacidad. Lo que debe asegurar el Estado, no es la felicidad, sino, resguardar y contribuir a la satisfacción de las necesidades básicas para que nosotros no ocupemos nuestras cabezas pensando en una salidera bancaria, en la inflación, en la SUBE que no puedo cargar y por fin... podamos pensar en cómo ser felices. A veces pienso, que no somos felices, porque nos distraen mucho la sin salud, la sin seguridad, la sin educación... y lo que colma la paciencia es que se quieran ocupar de nuestra felicidad sin ocuparse de lo otro antes.