
La política argentina está teniendo problemas si se la mira de perfil. No es que no los tenga si es mirada de frente, pero se agravan al tiempo de observar cómo, con qué actitudes, con qué lógicas y qué tipos de acuerdos se proponen las distintas fuerzas políticas. Cualquier mortal, aún aquél que se mantenga alejado de la política, está en condiciones de advertir que los perfiles se han desdibujado hasta llegar a su parodia.
Se podrá decir que no es un problema nuevo. Se podrá argumentar que los trabajadores siempre estuvieron representados por la derecha, que los liberales fueron casi fascistas o que dentro del peronismo entra desde Rosa Luxemburgo hasta Lopez Rega pasando por Laclau. Pero eso, ya se sabe, es en cierto modo el reino de la historia. Dejémoslo para los historiadores, que los hay y muy buenos.
La actualización del dilema del desperfilamiento (raro vocablo) viene ahora de la mano de las expresiones políticas cercanas a lo que se conoce, a falta de un mejor retrato, como el progresismo. De un tiempo a esta parte todo parece posible, en términos de nombres propios, fuerzas políticas y acuerdos electorales en las orillas de la centroizquierda. Las listas para las próximas elecciones pueden contener casi cualquier combinación, desde las más vulgares hasta las más imaginativas.
En el país del mundo donde es más sencillo y cuesta menos alcanzar el carnet de progresista, los partidos y agrupaciones de la izquierda moderada juegan descaradamente el mismo juego que siempre le señalaron, por su inmoralidad, a la derecha. Marxistas a lo Groucho, si las encuestas dicen que la ciudadanía no los quiere para este distrito, se presentarán en otro. Si esas mismas encuestas dicen que no a Diputado, pueden decir que si a Presidente o a Legislador. Muchos incluso utilizan el poder de los medios, que transcriben el sesudo y empeñoso trabajo de las consultoras fabricando candidaturas con una facilidad y una puerilidad pasmosa.
Por mucho que nos duela a quienes pertenecemos de algún modo a este continente político, sus prácticas institucionales, sus lógicas de resolución de conflictos y sus esquemas de liderazgos son los más conservadores de la política argentina a lo que se suma, en estos tiempos, los problemas de perfil.
Hay otra interpretación, complementaria y a la vez más angustiosa. De ella se desprende que, en realidad todo es posible porque es también mentira. Que en realidad nadie quiere hacer realmente lo que dice que quiere hacer. Tal vez no sea equivocado del todo pensar que nadie o casi nadie quiere en serio institucionalizar un frente progresista sino que la pretensión es salir lo mejor parado posible, en términos de cargos, de la próxima elección. Sólo así puede explicarse que se antepongan delirantes amalgamas antes que pensar en racionales y hospitalarios acuerdos que permitan convivir a maneras de percibir el mundo no siempre coincidentes. Tal vez no sea tarde para suplantar embrollos temporales por acuerdos de principios y de objetivos. Tal vez nos quede tiempo como para pensar en conjunto qué tipo de sociedad queremos para nosotros y para los que vienen. Si queremos una sociedad abierta y cosmopolita o cerrada sobre sí misma, una sociedad que genere posibilidades de superación personal o una que lucre con la pobreza como componente conceptual de su razón de ser política.
Hay que trabajar mucho y rápido. Estamos demasiado cerca de que la ausencia de inteligencia y la falta de un programa de mediano y largo plazo que permita orientar a propios y extraños en la construcción de una esperanza política de izquierda democrática se constituyan en la antesala de un escenario en donde sea el peronismo en sus dos versiones, como Jano, quién decida sobre el futuro.