Este breve ensayo se divide en dos. De asistirme la fortuna, al final del recorrido, ambas ideas revelaran estar vinculadas entre sí bajo el amparo de la reflexión sobre la vida democrática.
Por un lado, intento sostener una especulación ligada a la utilidad de hablar de la izquierda democrática, por el otro, una especie de extravío experimental que supone la necesaria presencia de las formas de la naturaleza en la narración -y por eso en la práctica- de la democracia.
Empecemos entonces, defendiendo desde el margen la presencia de la experiencia denominada, a falta de alguna mejor manera, “izquierda democrática”. En principio me interesa aclarar que no tengo ningún interés por defender la enunciación directa desde la izquierda como forma institucionalizada de lo político., por el contrario, creo que de lo que se trata es de reconocer la presencia dentro de la construcción ciudadana, de “espacios” que, aún con sus difusos límites, conforman ciudadanía, definen soberanía, jerarquizan valores y suponen compromisos.
En otras palabras, lo que creo es que los ciudadanos separan-mos, precariamente, actitudes, léxicos, propuestas y hasta mentiras teniendo en cuenta, aún inadvertidamente, la distinción izquierda-derecha.
A nadie se le ocurriría, aún desconociéndolo todo acerca de las teorías políticas pasadas, presentes y futuras, caracterizar como “de izquierda” la posibilidad de terminar con el problema de la seguridad expatriando a ciudadanos peruanos, bolivianos y chilenos.
Del mismo modo, pocos o casi nadie estaría dispuesto a pensar “de derecha” a quienes creen que las parejas homosexuales tienen la misma capacidad y posibilidad de criar niños y de darle amor dentro de una construcción familiar atípica pero posible.
Esta suerte de partición simbólica que la ciudadanía establece de manera sencilla y que resulta sumamente útil para la interpretación colectiva, solo puede desconocerse si no se tiene ningún temor de alejarse de las inteligencias consagradas por el común de los ciudadanos. De obrarse de este modo, el riesgo que se corre es el de quedar atrapado en una discusión de profesores, definida de modo claustral que sirva para ganar prestigio académico pero que no llegue a conmover ninguna inteligencia ni a promover ninguna emoción. Es decir, una formación intelectual autoreferencial que no incluye a los no iniciados.
Entonces, me parece importante hablar de izquierda democrática, aún cuando no se la nombre explícitamente de ese modo, ya no en términos estrictamente políticos – entendido como un mínimo acuerdo entre instituciones y decisiones – sino mas bien en su dimensión fuertemente democrática, es decir en lo que tiene de facilitador de la conversación humana..
Situado dentro en esa conversación es que comienza a tener sentido la segunda parte de este breve ensayo. La conversación democrática, en su pluralidad, admite voces complejas, diferentes, que reclaman su visibilidad y que piden su inclusión.
Conviven ciertamente, y no podría ser de otro modo, léxicos diferenciados, hablas críticas con palabras rancias, arrojadas y temerarias. Lo que intento hacer en este ensayo es tomar posición acerca de una posibilidad de involucrarse en esa conversación de una manera particular.
En primer lugar debo hacerme cargo de mi posición en torno a tres formas de pensar el quehacer filosófico y que vienen a cuento en la discusión planteada.
Richard Rorty ha señalado mas de una vez la presencia de una concepción científica, una concepción metafórica y una concepción política de la filosofía. Según esta mínima clasificación, la versión Husserliana supone una preeminencia predictiva en clave modélica científica, la respuesta Heideggeriana es una respuesta poética, que asimila al filosofo con el artista y la tercera propuesta, a la que adhiero, es la que reconoce al Pragmatismo como filosofía útil para la experiencia, y dentro de ese reconocimiento señala la importancia de la filosofía política de John Dewey.
Desde este temperamento, el filosofo se aleja del método científico y de las metáforas de la novedad que devela el mundo y se acerca al “tecnólogo social” que utiliza las tradiciones, la religión, el lenguaje y el arte para intentar mejorar la existencia de los hombres y para generar un léxico de esperanza social.
Vuelvo ahora a mi inclusión en la conversación democrática buscando justificar y defender la existencia en la naturaleza de una forma dialectal que refiere nítidamente a la versión democrática de la política que defiendo en este ensayo.
En primer lugar quiero destacar que la reflexión sólo se produce en situaciones de incertidumbre, y que éste es el rasgo constitutivo de la democracia, cuya construcción se enmarca siempre en situaciones de alternativas, de ensayo o de experimentos y que la reflexión sucede dentro de esa naturaleza.
Entonces, la presencia del pensamiento, su misma existencia responde al juego del azar, de la contingencia, de la irregularidad y de la indeterminación que son signos propios de la naturaleza.
Desde el poema de Diquinson que abre este ensayo, advertimos que es un continuo naturalista percibir en cada acto humano, en cada existencia, una tentativa abierta al mundo de la experiencia en el que poco puede ser predecido.
La naturaleza se constituye en la primera, la original idea de la presencia del cambio y también la primera y original búsqueda del orden y del equilibrio.
Filosóficamente hablando, resulta absolutamente estéril el reconocimiento de la contingencia como expresión opositora a la determinación. Lo que verdaderamente constituye un paso inicial hacia adelante es el resalte de la descomposición binaria entre contingencia y determinación. De otro modo estaríamos frente a una nueva construcción dual que, incluso, reclamaría a gritos una solución por la vía de la dialéctica en alguna de sus versiones.
Si nosotros, los que reconocemos en nuestra existencia el rastro de la serpiente humana y de la naturaleza pensáramos que ésta responde a taxonomías, a casilleros mas o menos estables nuestra filosofía, y también nuestra política sería solo y únicamente ubicar virtuosamente las fichas en el tablero.
Es necesario reconocer, entonces, apoyados en la naturaleza, como en el arte y en la religión, que las experiencias del mundo se traman y se diseñan entremezclando íntimamente porciones de realidad y que todo lo que es importante, el amor privado, la belleza, la igualdad y la propia vida democrática responde a la relación de matices, de grados, de intimidad, que las “cosas” mantiene entre si y en como se modifican. Ese es el legado del dialecto de la naturaleza.
Es lícito preguntarnos en qué medida puede ser útil una reflexión de esta tonalidad para pensar la democracia en la Argentina. Me he sostenido insistentemente en la necesidad de reconocer el agotamiento de las formas léxicas con las que nos estamos narrando políticamente y he marcado la posibilidad de recreación del lenguaje democrático tomando en cuenta nuevas palabras, nuevas apropiaciones.
Desde donde veo la cuestión, las formas de la naturaleza, el adensamiento de la relación natural que nuestra construcción subjetiva supone puede constituirse en un buen sitio de debate. Sospecho, además, que amigarse con la naturaleza de lo humano nos coloca frente a la obligación de asumir la radical individuación que prepara el camino de la experiencia democrática. Rescatar el individualismo puede llegar a tener un costo altísimo en el marco intelectual argentino, tan afecto a colectivismos como a fracasos. Un individualismo social a la manera de Dewey, es decir, un individuo capaz de crear porque lo hace con otros y porque se ha formado con otros, puede reconocerse en el sufrimiento ajeno y sentirlo como propio. Una política democrática formada por individuos de esa especie estará en mejores condiciones de darle visibilidad al débil, al maltratado, al que carece de esperanza.
Resulta claro que la primacía sistémica, la preeminencia de lo falsamente colectivo no ha estado a la altura de los desafíos que su propia acción ha provocado. Insistir por ese camino garantiza el fracaso y condena al conservadurismo.
Se trata de levantar la mano a favor de lo que Dewey llamó el individualismo propio de la democracia, es decir, la capacidad de construcción reflexiva colectiva de una forma social que se plantee como necesario que los hijos vivan mejor y sean mas felices que los padres, generación tras generación. El presente ensayo pretendió problematizar la política hablando de la democracia desde la singularidad y la riqueza de las personas en su reconocimiento de su propia condición natural.